Cómo sentimos a la Argentina?
Héctor Massuh supo ser el Presidente de la Industrial Industrial Argentina (UIA) durante el menemismo, y uno de los mal llamados “Capitanes de la Industria” (porque la llevaron a su peor época de destrucción). Fue también el último dueño de Papelera Massuh SA -que comenzó a funcionar en 1957-, desde ahora administrada por el Estado Nacional, y supervisada con la activa participación del Intendente de Quilmes, Francisco Gutiérrez, y sus trabajadores. La fábrica, fundada en los albores militares de la sangrienta “Revolución Libertadora”, se instaló en la periferia de San Francisco Solano, pueblo que había nacido algunos años antes (1949). El Arroyo Las Piedras le sirvió inicialmente de desagüe a sus efluentes, y sus chimeneas –como en Fray Bentos, Uruguay- algunos días arrojan el característico olor a huevo podrido de una papelera. Mano de obra nunca le faltó; tampoco terribles accidentes laborales. Y algunos de sus obreros después del golpe militar de 1976 siguen desaparecidos. La realidad periférica de Solano se iría conformando con empresas como Cattorini Hermanos a la cabeza (1952), Massuh (1957), Deliflú, Sodibe, El Sol Petróleo, y otros pequeños talleres, un subpolo industrial en el extremo no ribereño de Quilmes.
Tal vez alguien recuerde aquella escena final de una de las películas de Duro de Matar, con Bruce Willis, cuando le coloca a su feroz enemigo, maniatado, una granada en la boca y lo deja a su suerte. Aquí, haciendo suyo aquello de “capitán” que huye sirve para otras aniquiladoras batallas, Héctor Massuh deja en el 2008 al garete, abandonada, la Planta de Solano y a 600 puestos de trabajo luego de medio siglo de existencia.
En cualquier sociedad solidaria esta situación debiera ser intolerable para cualquier argentino de bien. Sin embargo, la gran prensa in-comunicadora y des-informadora presentó el novedoso y trascendente salvataje gubernamental de la fábrica, con activa participación de nuestra Intendencia Municipal, como la única situación “intolerable”. ¿Cómo es posible que el Estado se involucre o articule con la actividad privada? Desde una postura de derecho absoluto dichos medios sostienen que cualquier patronal puede decidir el cierre, o abandono de su fábrica. Las consecuencias sociales de sus decisiones no entran en los principios de su sistema de contratación del trabajo humano. Unos cuántos políticos se hicieron los distraídos sobre algo que debiera ser tomado como objetivo, o problema nacional de magnitud, compartido y éticamente sostenido por todos, sin especulaciones. Pues se trata de salvar a familias trabajadoras, el tejido social, y la dignidad argentina.
La gran prensa no dice que el endeudamiento moroso –su verdadera granada en la boca- que Massuh SA contrajo, lo es por créditos otorgados por bancos estatales (Provincia y Nación), y por inversiones provenientes de fondos jubilatorios (ex AFJP), y por el vaciamiento de insumos y materias primas organizado por sus dueños. Ello la hace más pasible de esta solución urgente, impulsada desde el Estado, manteniendo las fuentes de trabajo y, en definitiva, el mercado interno y la actividad productiva nacional. La realidad es que “esa” actividad privada ya estaba previamente mantenida con recursos públicos y estatales. El Estado Nacional pasa a pagar desde ahora un alquiler al dueño de la planta industrial por el usufructo de las maquinarias y las instalaciones, repone la marcha de la producción de bienes de interés masivo, mantiene las fuentes de trabajo, y con ello protege el tejido social y cultural de Quilmes y Solano. Y adquiere un nuevo nombre: Papelera Quilmes.
Massuh y Jauretche. Papel, ideología y verdad. La sombra de Facundo.
Pero hoy queremos detener la mirada en el primo de Héctor, Víctor Massuh (1924-2008), nacido en Tucumán. Hay una intricada e interesante relación entre este tipo de empresarios y la ideología que profesan, abanderados del liberalismo económico. Conocido como el “filósofo de la familia Massuh”, este hombre gastó bobinas de papel y pulpas de eucaliptos a través de diversas publicaciones, a lo largo de su vida.
Lo interesante para nosotros será que, Doctorado en Filosofía de la Universidad Nacional de Tucumán, Víctor Massuh escribe en octubre de1982, cómodamente, desde París, La Argentina como sentimiento (Editorial Sudamericana), donde hace un análisis de ciertas “realidades” nacionales que son aplicables a la fábrica, al contexto histórico en el que se levanta. Es decir, nos permite ver mejor cómo piensan estos empresarios a la Nación que los ha cobijado y enriquecido.
Nuestro país acababa de perder la Guerra de Malvinas a manos del imperio anglo norteamericano -heroica tragedia nuestra-, y a nuestro mentado filósofo no se le escapa ni una línea de su pluma franco-inglesa, para mal o para bien, sobre tan tremendo hecho contemporáneo de la argentinidad. Le pone a su librito un título tramposo y ganchero como pocos: no refiere al peronismo como un sentimiento, o alguna hinchada futbolera, popular y sentimentalera. Titiritero engañador, sustrae los verdaderos grandes temas nacionales utilizando sólo la cáscara. Leonardo Favio todavía le podrá dar cátedra con Perón: Sinfonía de un sentimiento (1999).
Formado en el mezquino carácter liberal, individualista (el populismo es la desmesura del pueblo convertido en multitud, dice), para el filósofo papelero, repasando nuestra actual situación, “no existe ningún mal argentino”, excepto la aparición del peronismo (1945-1955), al que acusa de ritualista, manipulador, liderado por un fervor religioso, un voluntarismo histórico y un caudillismo mesiánico; de haber removido el orden existente y haber extraviado la nacionalidad. Para él, sólo quienes se encuentren “arraigados” en las tradiciones del pasado (pre peronista), ya sean los “propietarios de la tierra” o quienes bajaron de los barcos y se diseminaron por el país, tendrán el hilo conductor que los lleve a captar a la Argentina como sentimiento.
En primer lugar vale recordar al maestro Arturo Jauretche cuando decía que el peronismo no es consecuencia de un líder caudillista, que propaga irracionalismo y demagogia, sino que Perón es el emergente de procesos históricos complejos, absolutamente explicables con cierto esfuerzo racional. Pero Massuh no puede ni imaginar estos procesos, menos comprenderlos, en sus abstractas elucubraciones desde París. Como buen liberal es un auténtico apátrida; la Nación le queda muy chica cuando la escupe con palabras. Si Tales de Mileto (s.VI a.C.) popularizó la imagen del filósofo que se caía al pozo de agua mientras caminaba inmerso en sus abstracciones, Víctor Massuh es la estampa del filósofo que ahoga en el aljibe los grandes temas mientras quiere seguir de a pie, como si no se hubiera tropezado con nada.
Es poco sabido que la emblemática fábrica solanense, y algunas otras del grupo (en San Justo, y en la Provincia de San Luis –Della Penna, orientada a la producción de papelería escolar y de oficina, y proveedor de resmas de papel al Ministerio de Educación y la Anses-), sirvió de sustento a la usina ideológica del liberalismo argentino. Filosofastro de muy pocos petates, este hombre fue embajador argentino ante la UNESCO durante la dictadura militar, y no nos estaríamos ocupando demasiado de él si no fuera por esta relación entre fábrica/Solano/nacimiento del peronismo/proceso histórico nacional e ideología, y las sombras temibles que esta nueva realidad representa como cuando Sarmiento, en Facundo, comienza a evocar la sombra maldita del caudillo riojano. Su explicación distorsionada del origen y proceso del peronismo también es una explicación ideológica, también una justificación, racista, y sesgada, del origen y proceso de la fábrica papelera de su familia y del nacimiento mismo de un pueblo como San Francisco Solano, como tantos otros, que están subterráneos a dicha distorsión. Veamos.
Los mitos de Massuh. Las tradiciones del peronismo. ¿Quién es la Nación?
De todas las paparruchadas que contiene el libro mencionado hay una que nos sirve de perla para tomarla, entre las piedras del charco, con los dientes,. Dice: Millones de argentinos vivieron sin raíces en la propia patria. Vieron cortado el vínculo con el paisaje rural y tuvieron que vivir una adaptación forzada al medio ciudadano. En los alrededores de Buenos Aires, desprendidos del campo pero sin pertenecer del todo a la ciudad, en esa tierra de nadie donde el asfalto termina, se agruparon para enfrentar el desarraigo; apenas atenuado por la voz de un general carismático que ellos escucharon con el simple agradecimiento de quien se siente protegido (pág. 74). Entonces, este no tener “raíces en la tierra, ni en la tradición, la lengua o el paisaje” anterior llevó a esta masa -que se habría hecho peronista por una vacío existencial de origen-, a la infidelidad con el pasado, a un carácter anti argentino y a una “conducta” negativa.
Sin embargo, podemos decir, muy sucinta pero no excluyentemente de otros elementos, que el peronismo arraiga en varias tradiciones (no nace “ex nihilo” como gustan decir los “filósofos”, de la nada), algunas más viejas que otras, y todas pueden resumirse y patentizarse en el nacimiento y desarrollo de un pueblo como San Francisco Solano, lugar donde la fábrica de la familia Massuh trasciende a la comunidad nacional. Por ejemplo:
Nace en el gaucho martin fierrista (1833-1852): aquel desprovisto de todo excepto de la china, los hijos, un pequeño rancho y gran dominio de las tareas camperas con el ganado vacuno y caballar, que huye hacia la frontera del indio cuando le quieren imponer un modelo de desarrollo industrialista europeo, reemplazando a la población autóctona por la europea, al caudillo por el porteño ilustrado, al tiempo lento y libre de la llanura pampeana por la leva militar, hasta que venga un criollo a esta tierra a mandar (el General Perón). Tal vez ese gaucho histórico de José Hernández, y los variopintos caudillos federales de Provincia habían desaparecido en 1945, cuando nace el peronismo, pero no esta cosmovisión del gaucho perseguido por un mundo que desde el origen no es suyo, sino extranjero, que viene de afuera hacia adentro, poniéndolo en una posición defensiva pero con búsqueda integradora, superadora.
Nace en los valores del indio: bravío, desprovisto de los bienes económicos y culturales de la colonización, impermeable a la cultura oficial del imperio, sobre todo inglés, y desconfiada de los espejitos de colores del hombre “blanco”, como evocación del supuesto “salvaje” contra los “civilizados” (sin duda, no es casual que a los solanenses nos llamaran los indios de Solano, continuadores de los indios kilmes, por una línea muy sutil, predominantemente simbólica, harto despreciativa y humillante, que es preciso establecer, por cuanto en este concepto no se está aceptando la transculturalización que impone la cultura espiritual y material dominante.
Nace en los hijos, ya nacionalizados, de la segunda oleada inmigratoria: llegada a la argentina entre 1918-1939, de carácter mayoritariamente campesina y sumamente empobrecida, con poca experiencia de lucha política o sindical (al contrario de la que había venido en la primera oleada, 1870-1914), pero con gran afán por arraigarse a la nación y a sus valores. Que constituyeron una base ampliada de peones rurales. Y en los últimos escapados de la segunda guerra mundial (1939-1945). No es casual que a ellos se los llamara tanos brutos o gallegos ignorantes. Poco después algunos formarán la generación de comerciantes e industriales pequeños y medianos. La fiesta de las colectividades se celebra en Solano, y tiene una fuerza regional excepcional.
Nace en la clase obrera: urbana, ya robusta, pero sumergida en sus derechos, formada en el proceso industrialista de la década del 30 (no es casual que a estos se los llamara los descamisados), hombres ajenos a la corbata de la burocracia estatal reinante, y ligados a la fábrica, a la producción de bienes, no a la intermediación parasitaria o a la exportación primaria.
Nace en la migración interior y de países limítrofes: de la campaña a los centros urbanos, ya formados o en formación –como Solano-, producto de la distorsión capitalista campo/ciudad (no es casual que a estos se los llamara los cabecitas negras).
El Reloj de los Ingleses. El Peronismo y una Nueva Nación. Revisión de la historia.
De alguna manera con el peronismo nace una nueva Nación -que le molesta tanto a Massuh-, arraigado en estas tradiciones, en esta grandiosa, extraordinaria y nueva mezcla, sobre la cual los liberales no dejan de ser responsables y causantes (puesto que hicieron todo para destruir al gaucho; despojaron a saco las tierras indígenas; fomentaron las oleadas inmigratorias con la esperanza fallida de crear una nueva Europa –consagraron previamente para ello la Constitución Nacional de 1853-; distorsionaron el paisaje rural del mundo federal con las luces de neón de la ciudad-puerto, sus promesas de confort y trabajo mejor pago, y el fraccionamiento de grandes extensiones de tierras suburbanas para el gran negocio de sus ventas financiadas en cuotas). Es decir, manipularon la historia; exorcizaron los rituales de las espigas de trigo y las carnes vacunas; hicieron de los altos mandos militares, golpistas y depredadores, sus verdaderos caudillos modernos; e invocaron la pureza de la fe desde falsos altares para anular el fervor católico del pueblo argentino. Los liberales anti peronistas nos quisieron hacer creer que nunca tuvieron una conducta anti argentina; serán siempre los eternos “padres de la Patria”.
San Francisco Solano, que proveyó mano de obra a la papelera Massuh y a otras industrias locales, regionales, y de zona portuaria, conformaba en sus inicios ese típico poblador de un campo que ya dejaba de ser y una ciudad que todavía no era (véase Historia de San Francisco Solano: 1580/1993, Editorial el Monje, páginas 19-21, V.G.G). Sí, como dice Massuh. Pero, justamente, era el único poblador que podía tener por primera vez en la historia una pata en los dos mundos, sin sentirse repelido por su doble condición, sino integrado, campesino y obrero. La ciudad lo seguía amenazando como a Martín Fierro pero también lo llamaba para afincarse y educar a sus hijos; el campo lo expulsaba obligatoriamente a buscar nuevos horizontes en la ciudad pero hacia una zona que todavía era campo, y lo seguirá siendo por lo menos durante diez años desde su fundación (1949-1961), cuando la electricidad cambia el sol de noche y las velas por las bombitas de luz. La oligarquía terrateniente comenzaba rápidamente a desprenderse de grandes extensiones de tierras en el conurbano para lotearlas, que sirvieran de alojamiento (“dormitorio obrero”) a cientos de miles de nuevos pobladores.
Los “científicos” marxistas no pudieron comprender el fenómeno, obnubilados por categorías puras que, acá -concretamente en Solano y el país-, no se daban (desde hace mucho está dicho que El Palacio de Invierno de San Petersburgo en Rusia estaba muy lejos, y que sobre la Casa Rosada apenas había nevado una sola vez a comienzos del siglo XX). Pero los liberales también comprendieron menos (la República culta francesa, o la cúpula del Capitolio norteamericano, también estaban muy lejos para el gauchito, el cabecita negra, el indiecito, el tano, el gallego, y el obrero peronista). Lo más cercano a Inglaterra era la Torre de los Ingleses que la Reina nos regaló para el centenario.
El peronismo, a medida que construye el nuevo futuro nacional, también reconstruye el pasado del que viene, porque aparecen fuerzas que estaban dormidas en ese pasado, aquellas que perturban tanto al empresario filósofo, para quien la historia debiera permanecer inalterada.
El peronismo moviliza el lenguaje creando accesos a la educación primaria y secundaria de grandes masas, que ahora no pasará solamente por los principios alfabetizadores y civilizadores de la Ley 1420, sino por su ideologización política. Y a la universidad, de los sectores medios. El peronismo retorna a la mejor tradición de que el trabajo es fuente generadora de riqueza y ahorro. El peronismo arraiga en la conciencia de la defensa del patrimonio nacional sustentada en las fuertes empresas del Estado; por lo tanto, las raíces de la tierra no serán abstractas, sino imaginadas desde lo colectivo, y desde la creación de un espacio público de soberanía, no desde una propiedad demarcada por alambrados y tenencia de vacas y ovejas. El peronismo cambia los paisajes urbanos y, de alguna manera, los rurales, pero no destruyéndolos, sino congregándolos. Es el peronismo el que nos instala en una cierta modernidad tardía para la Argentina, y no la “europeización” de la generación de 1880, que solo nos instaló en la dependencia, alargó y profundizó la miseria. Es el peronismo el que por primera vez diseña objetivamente una dicotomía entre pueblo y oligarquía, empero sin lograr resolverla, historia y antihistoria. Es el peronismo el que más trabaja la marcha de la racionalidad histórica argentina en los comienzos de una globalización independiente, cuando las fuerzas más repugnantes de la irracionalidad sanguinaria, antipopular y antihistórica, se desatan con el derrocamiento de Perón en 1955, el líder mesiánico y protector, y quedan al desnudo, como lo que siempre fueron: irracionales, despóticas, antidemocráticas y antinacionales, produciendo los más profundos descalabros del paisaje nacional, que costará décadas revertir.
A veces, mirar con la lupa un bichito de la humedad bajo las piedras nos permite reconocer la totalidad del jardín en el que vive. Luego, tomado en la palma de la mano, tal vez empecemos a sentir la Argentina.
Héctor Massuh supo ser el Presidente de la Industrial Industrial Argentina (UIA) durante el menemismo, y uno de los mal llamados “Capitanes de la Industria” (porque la llevaron a su peor época de destrucción). Fue también el último dueño de Papelera Massuh SA -que comenzó a funcionar en 1957-, desde ahora administrada por el Estado Nacional, y supervisada con la activa participación del Intendente de Quilmes, Francisco Gutiérrez, y sus trabajadores. La fábrica, fundada en los albores militares de la sangrienta “Revolución Libertadora”, se instaló en la periferia de San Francisco Solano, pueblo que había nacido algunos años antes (1949). El Arroyo Las Piedras le sirvió inicialmente de desagüe a sus efluentes, y sus chimeneas –como en Fray Bentos, Uruguay- algunos días arrojan el característico olor a huevo podrido de una papelera. Mano de obra nunca le faltó; tampoco terribles accidentes laborales. Y algunos de sus obreros después del golpe militar de 1976 siguen desaparecidos. La realidad periférica de Solano se iría conformando con empresas como Cattorini Hermanos a la cabeza (1952), Massuh (1957), Deliflú, Sodibe, El Sol Petróleo, y otros pequeños talleres, un subpolo industrial en el extremo no ribereño de Quilmes.
Tal vez alguien recuerde aquella escena final de una de las películas de Duro de Matar, con Bruce Willis, cuando le coloca a su feroz enemigo, maniatado, una granada en la boca y lo deja a su suerte. Aquí, haciendo suyo aquello de “capitán” que huye sirve para otras aniquiladoras batallas, Héctor Massuh deja en el 2008 al garete, abandonada, la Planta de Solano y a 600 puestos de trabajo luego de medio siglo de existencia.
En cualquier sociedad solidaria esta situación debiera ser intolerable para cualquier argentino de bien. Sin embargo, la gran prensa in-comunicadora y des-informadora presentó el novedoso y trascendente salvataje gubernamental de la fábrica, con activa participación de nuestra Intendencia Municipal, como la única situación “intolerable”. ¿Cómo es posible que el Estado se involucre o articule con la actividad privada? Desde una postura de derecho absoluto dichos medios sostienen que cualquier patronal puede decidir el cierre, o abandono de su fábrica. Las consecuencias sociales de sus decisiones no entran en los principios de su sistema de contratación del trabajo humano. Unos cuántos políticos se hicieron los distraídos sobre algo que debiera ser tomado como objetivo, o problema nacional de magnitud, compartido y éticamente sostenido por todos, sin especulaciones. Pues se trata de salvar a familias trabajadoras, el tejido social, y la dignidad argentina.
La gran prensa no dice que el endeudamiento moroso –su verdadera granada en la boca- que Massuh SA contrajo, lo es por créditos otorgados por bancos estatales (Provincia y Nación), y por inversiones provenientes de fondos jubilatorios (ex AFJP), y por el vaciamiento de insumos y materias primas organizado por sus dueños. Ello la hace más pasible de esta solución urgente, impulsada desde el Estado, manteniendo las fuentes de trabajo y, en definitiva, el mercado interno y la actividad productiva nacional. La realidad es que “esa” actividad privada ya estaba previamente mantenida con recursos públicos y estatales. El Estado Nacional pasa a pagar desde ahora un alquiler al dueño de la planta industrial por el usufructo de las maquinarias y las instalaciones, repone la marcha de la producción de bienes de interés masivo, mantiene las fuentes de trabajo, y con ello protege el tejido social y cultural de Quilmes y Solano. Y adquiere un nuevo nombre: Papelera Quilmes.
Massuh y Jauretche. Papel, ideología y verdad. La sombra de Facundo.
Pero hoy queremos detener la mirada en el primo de Héctor, Víctor Massuh (1924-2008), nacido en Tucumán. Hay una intricada e interesante relación entre este tipo de empresarios y la ideología que profesan, abanderados del liberalismo económico. Conocido como el “filósofo de la familia Massuh”, este hombre gastó bobinas de papel y pulpas de eucaliptos a través de diversas publicaciones, a lo largo de su vida.
Lo interesante para nosotros será que, Doctorado en Filosofía de la Universidad Nacional de Tucumán, Víctor Massuh escribe en octubre de1982, cómodamente, desde París, La Argentina como sentimiento (Editorial Sudamericana), donde hace un análisis de ciertas “realidades” nacionales que son aplicables a la fábrica, al contexto histórico en el que se levanta. Es decir, nos permite ver mejor cómo piensan estos empresarios a la Nación que los ha cobijado y enriquecido.
Nuestro país acababa de perder la Guerra de Malvinas a manos del imperio anglo norteamericano -heroica tragedia nuestra-, y a nuestro mentado filósofo no se le escapa ni una línea de su pluma franco-inglesa, para mal o para bien, sobre tan tremendo hecho contemporáneo de la argentinidad. Le pone a su librito un título tramposo y ganchero como pocos: no refiere al peronismo como un sentimiento, o alguna hinchada futbolera, popular y sentimentalera. Titiritero engañador, sustrae los verdaderos grandes temas nacionales utilizando sólo la cáscara. Leonardo Favio todavía le podrá dar cátedra con Perón: Sinfonía de un sentimiento (1999).
Formado en el mezquino carácter liberal, individualista (el populismo es la desmesura del pueblo convertido en multitud, dice), para el filósofo papelero, repasando nuestra actual situación, “no existe ningún mal argentino”, excepto la aparición del peronismo (1945-1955), al que acusa de ritualista, manipulador, liderado por un fervor religioso, un voluntarismo histórico y un caudillismo mesiánico; de haber removido el orden existente y haber extraviado la nacionalidad. Para él, sólo quienes se encuentren “arraigados” en las tradiciones del pasado (pre peronista), ya sean los “propietarios de la tierra” o quienes bajaron de los barcos y se diseminaron por el país, tendrán el hilo conductor que los lleve a captar a la Argentina como sentimiento.
En primer lugar vale recordar al maestro Arturo Jauretche cuando decía que el peronismo no es consecuencia de un líder caudillista, que propaga irracionalismo y demagogia, sino que Perón es el emergente de procesos históricos complejos, absolutamente explicables con cierto esfuerzo racional. Pero Massuh no puede ni imaginar estos procesos, menos comprenderlos, en sus abstractas elucubraciones desde París. Como buen liberal es un auténtico apátrida; la Nación le queda muy chica cuando la escupe con palabras. Si Tales de Mileto (s.VI a.C.) popularizó la imagen del filósofo que se caía al pozo de agua mientras caminaba inmerso en sus abstracciones, Víctor Massuh es la estampa del filósofo que ahoga en el aljibe los grandes temas mientras quiere seguir de a pie, como si no se hubiera tropezado con nada.
Es poco sabido que la emblemática fábrica solanense, y algunas otras del grupo (en San Justo, y en la Provincia de San Luis –Della Penna, orientada a la producción de papelería escolar y de oficina, y proveedor de resmas de papel al Ministerio de Educación y la Anses-), sirvió de sustento a la usina ideológica del liberalismo argentino. Filosofastro de muy pocos petates, este hombre fue embajador argentino ante la UNESCO durante la dictadura militar, y no nos estaríamos ocupando demasiado de él si no fuera por esta relación entre fábrica/Solano/nacimiento del peronismo/proceso histórico nacional e ideología, y las sombras temibles que esta nueva realidad representa como cuando Sarmiento, en Facundo, comienza a evocar la sombra maldita del caudillo riojano. Su explicación distorsionada del origen y proceso del peronismo también es una explicación ideológica, también una justificación, racista, y sesgada, del origen y proceso de la fábrica papelera de su familia y del nacimiento mismo de un pueblo como San Francisco Solano, como tantos otros, que están subterráneos a dicha distorsión. Veamos.
Los mitos de Massuh. Las tradiciones del peronismo. ¿Quién es la Nación?
De todas las paparruchadas que contiene el libro mencionado hay una que nos sirve de perla para tomarla, entre las piedras del charco, con los dientes,. Dice: Millones de argentinos vivieron sin raíces en la propia patria. Vieron cortado el vínculo con el paisaje rural y tuvieron que vivir una adaptación forzada al medio ciudadano. En los alrededores de Buenos Aires, desprendidos del campo pero sin pertenecer del todo a la ciudad, en esa tierra de nadie donde el asfalto termina, se agruparon para enfrentar el desarraigo; apenas atenuado por la voz de un general carismático que ellos escucharon con el simple agradecimiento de quien se siente protegido (pág. 74). Entonces, este no tener “raíces en la tierra, ni en la tradición, la lengua o el paisaje” anterior llevó a esta masa -que se habría hecho peronista por una vacío existencial de origen-, a la infidelidad con el pasado, a un carácter anti argentino y a una “conducta” negativa.
Sin embargo, podemos decir, muy sucinta pero no excluyentemente de otros elementos, que el peronismo arraiga en varias tradiciones (no nace “ex nihilo” como gustan decir los “filósofos”, de la nada), algunas más viejas que otras, y todas pueden resumirse y patentizarse en el nacimiento y desarrollo de un pueblo como San Francisco Solano, lugar donde la fábrica de la familia Massuh trasciende a la comunidad nacional. Por ejemplo:
Nace en el gaucho martin fierrista (1833-1852): aquel desprovisto de todo excepto de la china, los hijos, un pequeño rancho y gran dominio de las tareas camperas con el ganado vacuno y caballar, que huye hacia la frontera del indio cuando le quieren imponer un modelo de desarrollo industrialista europeo, reemplazando a la población autóctona por la europea, al caudillo por el porteño ilustrado, al tiempo lento y libre de la llanura pampeana por la leva militar, hasta que venga un criollo a esta tierra a mandar (el General Perón). Tal vez ese gaucho histórico de José Hernández, y los variopintos caudillos federales de Provincia habían desaparecido en 1945, cuando nace el peronismo, pero no esta cosmovisión del gaucho perseguido por un mundo que desde el origen no es suyo, sino extranjero, que viene de afuera hacia adentro, poniéndolo en una posición defensiva pero con búsqueda integradora, superadora.
Nace en los valores del indio: bravío, desprovisto de los bienes económicos y culturales de la colonización, impermeable a la cultura oficial del imperio, sobre todo inglés, y desconfiada de los espejitos de colores del hombre “blanco”, como evocación del supuesto “salvaje” contra los “civilizados” (sin duda, no es casual que a los solanenses nos llamaran los indios de Solano, continuadores de los indios kilmes, por una línea muy sutil, predominantemente simbólica, harto despreciativa y humillante, que es preciso establecer, por cuanto en este concepto no se está aceptando la transculturalización que impone la cultura espiritual y material dominante.
Nace en los hijos, ya nacionalizados, de la segunda oleada inmigratoria: llegada a la argentina entre 1918-1939, de carácter mayoritariamente campesina y sumamente empobrecida, con poca experiencia de lucha política o sindical (al contrario de la que había venido en la primera oleada, 1870-1914), pero con gran afán por arraigarse a la nación y a sus valores. Que constituyeron una base ampliada de peones rurales. Y en los últimos escapados de la segunda guerra mundial (1939-1945). No es casual que a ellos se los llamara tanos brutos o gallegos ignorantes. Poco después algunos formarán la generación de comerciantes e industriales pequeños y medianos. La fiesta de las colectividades se celebra en Solano, y tiene una fuerza regional excepcional.
Nace en la clase obrera: urbana, ya robusta, pero sumergida en sus derechos, formada en el proceso industrialista de la década del 30 (no es casual que a estos se los llamara los descamisados), hombres ajenos a la corbata de la burocracia estatal reinante, y ligados a la fábrica, a la producción de bienes, no a la intermediación parasitaria o a la exportación primaria.
Nace en la migración interior y de países limítrofes: de la campaña a los centros urbanos, ya formados o en formación –como Solano-, producto de la distorsión capitalista campo/ciudad (no es casual que a estos se los llamara los cabecitas negras).
El Reloj de los Ingleses. El Peronismo y una Nueva Nación. Revisión de la historia.
De alguna manera con el peronismo nace una nueva Nación -que le molesta tanto a Massuh-, arraigado en estas tradiciones, en esta grandiosa, extraordinaria y nueva mezcla, sobre la cual los liberales no dejan de ser responsables y causantes (puesto que hicieron todo para destruir al gaucho; despojaron a saco las tierras indígenas; fomentaron las oleadas inmigratorias con la esperanza fallida de crear una nueva Europa –consagraron previamente para ello la Constitución Nacional de 1853-; distorsionaron el paisaje rural del mundo federal con las luces de neón de la ciudad-puerto, sus promesas de confort y trabajo mejor pago, y el fraccionamiento de grandes extensiones de tierras suburbanas para el gran negocio de sus ventas financiadas en cuotas). Es decir, manipularon la historia; exorcizaron los rituales de las espigas de trigo y las carnes vacunas; hicieron de los altos mandos militares, golpistas y depredadores, sus verdaderos caudillos modernos; e invocaron la pureza de la fe desde falsos altares para anular el fervor católico del pueblo argentino. Los liberales anti peronistas nos quisieron hacer creer que nunca tuvieron una conducta anti argentina; serán siempre los eternos “padres de la Patria”.
San Francisco Solano, que proveyó mano de obra a la papelera Massuh y a otras industrias locales, regionales, y de zona portuaria, conformaba en sus inicios ese típico poblador de un campo que ya dejaba de ser y una ciudad que todavía no era (véase Historia de San Francisco Solano: 1580/1993, Editorial el Monje, páginas 19-21, V.G.G). Sí, como dice Massuh. Pero, justamente, era el único poblador que podía tener por primera vez en la historia una pata en los dos mundos, sin sentirse repelido por su doble condición, sino integrado, campesino y obrero. La ciudad lo seguía amenazando como a Martín Fierro pero también lo llamaba para afincarse y educar a sus hijos; el campo lo expulsaba obligatoriamente a buscar nuevos horizontes en la ciudad pero hacia una zona que todavía era campo, y lo seguirá siendo por lo menos durante diez años desde su fundación (1949-1961), cuando la electricidad cambia el sol de noche y las velas por las bombitas de luz. La oligarquía terrateniente comenzaba rápidamente a desprenderse de grandes extensiones de tierras en el conurbano para lotearlas, que sirvieran de alojamiento (“dormitorio obrero”) a cientos de miles de nuevos pobladores.
Los “científicos” marxistas no pudieron comprender el fenómeno, obnubilados por categorías puras que, acá -concretamente en Solano y el país-, no se daban (desde hace mucho está dicho que El Palacio de Invierno de San Petersburgo en Rusia estaba muy lejos, y que sobre la Casa Rosada apenas había nevado una sola vez a comienzos del siglo XX). Pero los liberales también comprendieron menos (la República culta francesa, o la cúpula del Capitolio norteamericano, también estaban muy lejos para el gauchito, el cabecita negra, el indiecito, el tano, el gallego, y el obrero peronista). Lo más cercano a Inglaterra era la Torre de los Ingleses que la Reina nos regaló para el centenario.
El peronismo, a medida que construye el nuevo futuro nacional, también reconstruye el pasado del que viene, porque aparecen fuerzas que estaban dormidas en ese pasado, aquellas que perturban tanto al empresario filósofo, para quien la historia debiera permanecer inalterada.
El peronismo moviliza el lenguaje creando accesos a la educación primaria y secundaria de grandes masas, que ahora no pasará solamente por los principios alfabetizadores y civilizadores de la Ley 1420, sino por su ideologización política. Y a la universidad, de los sectores medios. El peronismo retorna a la mejor tradición de que el trabajo es fuente generadora de riqueza y ahorro. El peronismo arraiga en la conciencia de la defensa del patrimonio nacional sustentada en las fuertes empresas del Estado; por lo tanto, las raíces de la tierra no serán abstractas, sino imaginadas desde lo colectivo, y desde la creación de un espacio público de soberanía, no desde una propiedad demarcada por alambrados y tenencia de vacas y ovejas. El peronismo cambia los paisajes urbanos y, de alguna manera, los rurales, pero no destruyéndolos, sino congregándolos. Es el peronismo el que nos instala en una cierta modernidad tardía para la Argentina, y no la “europeización” de la generación de 1880, que solo nos instaló en la dependencia, alargó y profundizó la miseria. Es el peronismo el que por primera vez diseña objetivamente una dicotomía entre pueblo y oligarquía, empero sin lograr resolverla, historia y antihistoria. Es el peronismo el que más trabaja la marcha de la racionalidad histórica argentina en los comienzos de una globalización independiente, cuando las fuerzas más repugnantes de la irracionalidad sanguinaria, antipopular y antihistórica, se desatan con el derrocamiento de Perón en 1955, el líder mesiánico y protector, y quedan al desnudo, como lo que siempre fueron: irracionales, despóticas, antidemocráticas y antinacionales, produciendo los más profundos descalabros del paisaje nacional, que costará décadas revertir.
A veces, mirar con la lupa un bichito de la humedad bajo las piedras nos permite reconocer la totalidad del jardín en el que vive. Luego, tomado en la palma de la mano, tal vez empecemos a sentir la Argentina.
Víctor Gabriel Gullotta
Julio del 2009
Julio del 2009