miércoles, 29 de julio de 2009

AHORA SÍ, QUIEN APUESTA AL DÓLAR PIERDE

“Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos…Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia…”
Jorge L. Borges, Las ruinas circulares

“Hoy ya no me queda nada; ni un refugio… ¡Estoy tan pobre!
Solamente vine a verte pa’ dejarte mi perdón…”
Armando J Tagini, La Gayola, grabada por Gardel en 1927.


Varios cagatintas hoy repiten que el único refugio ante el más grande colapso del sistema financiero capitalista sigue siendo el dólar, hasta que, como en el cuento de Borges, termine comprendiéndose, con terror, que este billete es sólo una mera apariencia de lo que quiso ser, o como dice el tango gardeliano de la precrisis de 1929, huya, paradójicamente, hacia sí mismo, al refugio de los que ya no tienen refugio.

Miles de personas, creyendo que estamos en la época de las cíclicas devaluaciones del peso argentino ante el dólar -y malos reflejos mediante-, inducidos por los grandes medios de in-comunicación y desinformación, corren con cierta premura a refugiarse locamente en la moneda que ha devorado y devora al mundo de hoy. Quedó muy grabado en la memoria popular aquella falsa desmentida del ministro de Economía de la última dictadura, Lorenzo Sigaut, en 1981, cuando dijo “el que apuesta al dólar pierde”, y a los tres días estaba devaluando 35% la moneda nacional.

Si hay algo que dejará el choque contra este iceberg financiero-económico internacional (¡Jacques Attali, asesor del gobierno de François Mitterand, lo advertía en 1981!), con epicentro en EE.UU. y rápidamente propagado a Europa y Japón, es que el dólar dejará de ser la moneda reserva de valor mundial, en un proceso que no podemos aventurar si será de meses, un par de años o algunos años. ¿Por qué? Porque se soñó a sí mismo, creyendo que a partir de sus pesadillas imperiales podía multiplicar a su imagen y semejanza los hombres, los mundos y las sociedades. Porque fue tanta la riqueza que devoró para alimentarse, y tanta la pobreza que multiplicó por el planeta -inversamente a la multiplicación de los panes que repartió Cristo- que lo único que le queda es el espejo de la nada, una vacía referencia de valor, un agujero negro que ni siquiera la ciencia de los economistas puede calcular. (Véase nuestro artículo “El Amor en los Tiempos del Petróleo, ¿Quién Ama a Wall Street?”, marzo de 2008, en Los Indios Kilmes y El Suri, publicado poco antes del estallido financiero mundial).


Burbujas y tormentas perfectas. ¿Quién es el malo del barrio?

Hace tiempo hubo “burbujas” de valores inmobiliarios (Japón, sudeste asiático, España), que inflaron a valores irreales los precios de viviendas, oficinas y locales. Hubo “burbujas” de valores de commodities (cereales, oleaginosas, productos sin valor agregado), alimentos e hidrocarburos, que hiceron inaccesible para los pueblos elementos de vida cotidiana esenciales. También hubo “burbujas” de valores de acciones de bolsas, que elevaron a precios fabulosos empresas de papel, tecnológicas, informáticas, financieras. Y ahora, con todo ello, se está formando la “tormenta perfecta”, la “burbuja” de la emisión de bonos dolarizados del Tesoro de los EE.UU. para cubrir el inmenso déficit generado (consumo y despilfarro), durante décadas, el llamado “plan de rescate” de bancos y empresas. Crecimiento exponencial del endeudamiento norteamericano (también europeo) ante el mundo. El que emite sin respaldo real a la larga juega contra la credibilidad y sustentación de su propia moneda. Ya sabemos acerca de esto en la Argentina.

Ningún cagatintas de los grandes medios de in-comunicación y des-información tiene la honestidad intelectual -o la suspicacia, al menos-, de preguntarse o aclarar dónde fue a parar la pérdida de tan inmensa riqueza, a qué Estado Nacional, a manos de quién o de qué grupos. Porque -como en la ley de la física escolar de Lavoisier-, nada se pierde, todo se transforma. Uno solo, oscuro personaje, Bernard Maddof, estafó a grandes inversionistas -algunos argentinos-, en apenas cincuenta mil millones de dólares. ¿Y dónde fueron las oscuras golondrinas verdes otros nidos a poblar? Se está hablando de una pérdida (estafa planetaria), un agujero negro, de once billones (millones de millones) de dólares. Véase el artículo del valiente e informado periodista Raúl Dellatorre, en Página 12 del sábado 7 de febrero de 2009 (“La madre de todas las burbujas”).

Suramérica recibe y recibirá un ataque en toda la línea. A veces desde dentro: Alan García, Presidente del Perú, acaba de pedir, junto con el despedido Bush, que nos neguemos a cualquier “proteccionismo” en los flujos comerciales (que los países pobres vuelvan a abrir sus fronteras indiscriminadamente), para que la crisis de los poderosos la terminen pagando los más débiles en las relaciones de intercambio. No sería muy impropio pensar que una parte del estallido de la crisis está diseñado, con cierta inteligencia supranacional, además de lo indudablemente objetivo, para detener el crecimiento de Suramérica y la constitución de su unidad continental.

Alberto Padilla, comentarista financiero de la CNN dice, por ejemplo, en un caso de cinismo impagable, que se cierne la “tormenta perfecta” sobre Venezuela (caída internacional del precio del petróleo y el 40% de caída de las exportaciones del oro negro a EE.UU.). Véase las analogías de augurios posibles que surgen para la Argentina, Chile o Brasil. Con ello, concluye el des-informador, el in-comunicador, que Venezuela no tendría “caja” para sostener su revolución bolivariana. Y, por casa, ¿cómo andamos, Padilla? El Presidente Hugo Chávez acaba de decir que aun con un precio del barril del petróleo a u$s 0, no se detendrían ninguno de los programas sociales previstos para varios años, cuando en EE.UU. ya hubo un millón y medio de desocupados en el último trimestre.

Si, pongamos por caso, el malo del barrio todavía conserva cierta credibilidad basada en la aplicación de presiones -cuando no, del terror-, por sus andanzas pasadas, y dice que quiere pagar (enjuagar) todas las deudas y entuertos emitiendo miles de millones (billones) de dólares (en títulos o en papel moneda), con la maquinita que tiene en el gallinero, y el barrio todavía le sigue recibiendo esos “valores” emitidos por él (es decir, financiando con trabajo su holgazanería e improductividad: gastos en armamentos, lujos, timbas), entonces que algún sabio economista desmienta si en algún momento eso no se caerá a pedazos, produciendo la miseria masiva de todos aquellos que, por miedo o negligencia, a modo de refugio, los acumularon de “buena fe”. De la posibilidad que el malo del barrio pueda seguir descargando su malicia en el vecindario, y que este la siga aceptando, depende la subsistencia de este sistema perverso. Cada vez se le hace más difícil, y el dólar está iniciando su decadencia. Por lo pronto, la Argentina pasó a acumular de 0,3 toneladas de oro en 2003 a 54,7 toneladas de oro en 2008, constituyendo el 3,3% de sus reservas totales. En el mundo crecen las reservas en oro físico.


Las monedas nacionales versus dólar. El combate de las Naciones contra el Imperio

Lo que estamos viviendo es la conmoción de todas las monedas del mundo (bolsas, acciones de empresas, bancos, reservas de bancos centrales), dado que papá dólar se está muriendo de enfermedad terminal. Esas monedas nacionales, por el momento, siguen sin encontrar otro refugio seguro, o valor de referencia internacional, y se deprecian forzosamente, al son de la última apreciación del dólar que sobreactúa contra la estabilidad monetaria de todas ellas. Algunos hasta tienen la desfachatez de decir que es una vez más una demostración de la solidez del capitalismo y la globalización.

Cuando el refugio sigue siendo el dólar se nos impele a que lo sigamos financiando. Entonces, el gobierno norteamericano sigue emitiendo billetes o bonos, inconmensurablemente, para financiar su cada vez más patético y horroroso vacío de valor real, su consumo e inversiones sin contrapartida en producción. Todos los países estudian medidas para poder exportar a todos, y todos estudian medidas para protegerse de las importaciones, al mismo tiempo, ecuación de difícil resolución positiva. Más aun, cuando todo el comercio internacional sigue siendo regulado por el dólar (en menor medida, por el Euro), moneda que baila en el vacío o en la nebulosa de su verdadero valor.

Esto resulta un brete de magnitud incalculable para el mundo. Pues, de la depreciación de la moneda propia contra el dólar, se sale exportando y protegiendo la propia cadena de generación de valor nacional, o desarrollando el consumo interno, o ambas cosas. Pero, cuando del otro lado de la cadena comercial, están haciendo lo mismo desesperadamente, los choques de fuerzas serán inevitables, y nos podremos encontrar ante un choque total de naciones, bloques o continentes, si no se construye un nuevo sistema de cooperación internacional. De lo contrario, los gobiernos saben que de la conmoción de las monedas que no puedan emerger de esta debacle, se pasará a las conmociones sociales por caída del consumo y desempleo masivo, al descontrol político de las naciones, a la caída brutal de las instituciones, tal vez a un caos mundial. Pero ¿cuál es la efectividad, si todos hacen lo mismo, pensando contra el otro y no en un sistema de cooperación y solidaridad? Si los grandes tenedores de bonos del Tesoro de los EE.UU. y de dólares (Japón y China), o de otros grandes bancos centrales, salieran al mercado a vender esas tenencias, por desconfianza ante la falta de realización de efectivo para cubrir las necesidades internas de sus propias monedas, se provocaría una corrida planetaria contra el dólar, valor que se pincharía como una pompa de jabón, la madre de todas las burbujas. La apuesta al dólar de cientos de miles, millones de personas, empresas y naciones será la más grande catástrofe y estafa del ahorro nacional.

El imperio anglo-norteamericano, y no sólo, está desesperado para que los países de Suramérica pierdan sus superávit fiscales y comerciales, y vuelvan a endeudarse, compren crédito en dólares. El conflicto con las patronales del campo en la Argentina, y gran parte de la arremetida de una oposición política, ciega y anacrónica, que se le une vergonzosamente, más la campaña orquestada por los grandes medios de in-comunicación y des-información, se encuentra en consonancia con los propósitos antinacionales de las embajadas de EE.UU., Inglaterra y otras: desfinanciar al Estado, y volver a someterlo a las reglas del “libre” mercado de las empresas trasnacionales, y sus servidores internos, para descargar la crisis que ellos provocaron en el corazón de los pueblos del mundo. A Eduardo Buzzi le podríamos cantar: “todo es mentira, mentira es el lamento, hoy está sóoolo mi corazóon”, y esa es la cruel verdad de los propósitos vergonzantes de una variada y extremadamente ciega oposición, la mentira de fondo tamizada por la utilería de algunas verdades. Pero la cuestión no es Buzzi, sino el progresismo liberal en la Argentina, que lo buscó y busca como aliado y, como siempre, sigue siéndoles funcional y aliado a la oligarquía y a los intereses antinacionales, desde la aparición del Coronel Perón en la Secretaría de Trabajo, allá por 1943. ¿Qué es la patria? ¿Quién es la patria?


La mesa de desenlace

Si cada país de nuestro continente cree que puede salvarse por sí solo estará liquidado. Urge, por ello, la integración comercial de cadenas de valor por complementariedad (te vendo lo que tengo y te compro lo que no tengo), mediante un sistema que tendrá mucho que ver con establecer otra referencia de valor que no sea el dólar. Dificilísima tarea porque algunos países están más “globalizados” que otros, conectados con distinta intensidad en otros mercados internacionales (no es lo mismo Brasil que Paraguay, y Argentina que Ecuador). Pero entendemos que la tarea deberá ser, a revienta caballos, de supervivencia, con líderes unificantes.

La élite económico-financiera -una particular Mesa de Enlace reducida- que gobierna el mundo por encima de Bush, Obama o Putin, sabía de estos resultados: preparó y desencadenó este monstruo que arrasa riquezas por varios lados (desempleo, ahorros, producción), al mismo tiempo que las concentra en pocos. No nos sorprende del todo, aunque no deja de ser una asombrosa torsión de la cola del animal que se va cerrando sobre los pueblos. Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que de ese pequeño lugar, donde el gran capital resuma codicia y avaricia, no están preocupados; están eufóricos por haber llegado a este punto, buscado tal vez desde hace siglos. Los voraces saqueadores de riquezas están atentos para que el desmadre provocado por ellos mismos quede dentro de sus cálculos. Se ríen de los pueblos, se burlan de los gobiernos nacionales, y hasta serían capaces de entregar a Bush a un tribunal internacional por crímenes de lesa humanidad, si eso sirviera, una vez más, para ocultar los verdaderos poderes en las sombras; de entregar el dólar a la hoguera de las vanidades, y de hacer retroceder al propio EE.UU. al industrialismo de comienzos del siglo XX.


La mano en el bolsillo y en el corazón. Bicentenario y conciencia nacional

Ante la incertidumbre, entonces, acción orientada siempre hacia la defensa de los pueblos de este continente. Desde un punto de vista nacional hay que poner todos los ahorros, depósitos y riquezas acumuladas a generar más bienes, consumo vital, servicios, créditos, educación y cultura, bien distribuidas, dado que, a nuestro entender, hoy y cada vez con mayor agudeza, se planteará que no hay ni habrá moneda de referencia que fije un patrón de resguardo (refugio) de valor absoluto. No habrá crédito externo. Vivir con lo nuestro y ponerlo en acción. Máquina que no trabaja se oxida. Capital que no circula en el trabajo productivo se funde, ya no podrá revalorizarse en el circuito financiero. Obreros que no trabajan no generan consumo, fortaleza de tejido social, y cultura nacional. El ahorro de la Nación, los trabajadores, las clases medias, empresarios, por ejemplo: lo acumulado en las AFJP bien extinguidas debe ser canalizado como respaldo de obras que generen más valor, conserven lo ahorrado del trabajo y generen más trabajo (no inversiones en Wall Street, como estaban antes, que quedan embargadas al fin por un juez de EE.UU.). Unidad nacional por sobre las acciones de las naciones imperiales y de los grupos que se le ponen a su servicio, objetiva o subjetivamente. El bicentenario nos puede encontrar fundando una nueva Nación o hundiéndola en el fragor planteado por los inútiles y vergonzantes, o malignos, internos y externos, y por una situación internacional colmada de egoísmo y desesperación.

Los propietarios de cajas de seguridad, que están refugiados en monedas, debieran entender que, antes que se encuentren con humo verde el día que las vayan a abrir, es mejor invertirlas en bienes o acciones tangibles nacionales. La burguesía que vive en el país, y que alguna vez soñó que su cuenta corriente en el exterior le daba el refugio a su capital de lo usufructuado en la Argentina, para él y para sus futuras generaciones, debiera estar bastante preocupada ante la caída incesante de grandes y “seguros” bancos hacia donde giró la riqueza (casi siempre no declarada), y pensar seriamente que hoy, el lugar menos fungible y más seguro es el país donde se generó, y comience a ponerla en un circuito de producción de valor real, generando empleo, inversiones y consumo, fortaleciendo el tejido social. Si no lo hace, nada cambiará para el país, porque desde que tenemos conocimiento -como clase social o grupo, casi nunca lo hizo-, pero algo sí cambiará para ellos porque, de ser ricos virtuales, pasarán a ser pobres reales. Verán impotentes cómo los ahorros acumulados, que creían que los salvarían para siempre a través de una renta vitalicia, se les escurrirá entre los bancos, las acciones y los bonos extranjeros. Si es así, no tienen ni idea de lo que se les viene. Si extraditan esos capitales dentro de las nuevas normas legales sería una inyección de crédito nacional equivalente al total de nuestra deuda externa y el país estaría más fuerte para enfrentar el golpe al iceberg. Permítanme la ingenuidad del poeta, no la frialdad del economista, que todavía veía en el árbol seco, a orillas del Duero, el renacer de una pequeña hoja en primavera (Antonio Machado).

Llegó la época de un 2001 internacional. Nuestro país dio la vuelta y algunas lecciones tiene para mostrar. Los cacerolazos en Islandia no son casuales. La desesperación de los londinenses frente a la puerta de los bancos no es flema. El abrupto crecimiento de la desocupación en España no es una corrida de toros. La pérdida de millones de ahorros y trabajo en EE.UU. se asemeja al comienzo de la Gran Depresión de 1929. Y así en la mayor parte del mundo. Con la diferencia que ese mundo todavía no aceptó el “cambio de época” y parece seguir empecinado en las recetas liberales, con más o menos intervención del Estado. Mientras se siga creyendo que se trata de una reformulación del mismo sistema, la crisis financiera-económica desatada, y también ecológica-biológica, social y geopolítica se profundizará globalmente en términos indecibles. ¡Dios, la responsabilidad de los gobernantes, y la inteligencia de los pueblos nos guarden de esta!

LA GUERRA DE MALVINAS, 25 AÑOS DESPUES

El 2 de abril de este año se cumplen 25 años de la Recuperación de las Malvinas Argentinas. En los últimos meses hemos recibido una catarata de comentarios escritos y orales de tanto mercachifle de la mentira, de comunicadores derrotistas, de humanistas vacíos, de relatos individuales fuera de contexto cargados de golpes bajos, de manera que se hace necesario un tremendo esfuerzo para pensar lo que fue sin duda un hecho revolucionario, conmocionante, en la Historia Argentina.

Continuidad entre “dictadura militar” y “democracia”:

Dictadura y democracia deberían ser dos términos antagónicos. Sin embargo, aun variando las formas, vemos ahora cómo tanto el instrumento militar como el instrumento democrático en las décadas del 70,80 y 90, se pusieron ambos al servicio de una burguesía depredadora y generadora de corrupción. Aquellas fuerzas armadas fueron generando a gran parte de la sociedad democrática actual, descerebrada, debilucha, obscena y juerguera, entreguista y vendepatria, violenta y drogadicta, apática y conformista, ciertamente despojada de espíritu de lucha y con escasa voluntad de victoria sobre los enemigos tradicionales. Al fin y al cabo Margaret Tatcher dijo que la Argentina le debía la democracia a ella.

Pese al General Galtieri y a su Alto Mando Militar corrupto y traidor, la Argentina produjo un hecho histórico básico llamado Guerra, del cual no debiéramos arrepentirnos, ni pedir perdón, ni tener que hacer, después de la derrota, lo inaudito para congraciarnos con alguien que fue y seguirá siendo nuestro acérrimo enemigo: Gran Bretaña (recuérdese, Menem besando la mano de la Reina y declarando al país “aliado extra OTAN”). Guerra, tal como fue, pese a los globalizadores y a los tibios demócratas que sólo quieren la “paz” para seguir haciendo negocios espurios y mantener el statu quo bien al estilo del “limpio” Gerente inglés. Sentir esto y elevarlo al grado máximo del espíritu de nuestra Nación se convierte ya en una cuestión de supervivencia. Lo contrario es aceptar las condiciones que nos vienen imponiendo los agentes colonizadores.

De un ejército como el nuestro que mantuvo durante la década del 70 la Doctrina de la Seguridad Interior, reprimiendo a su propio pueblo, que sirvió a los intereses de EEUU en la contrainsurgencia de Centroamérica, que prohijó el plan de entrega de las fuerzas productivas según el plan económico de Martínez de Hoz y no abrazó, en cambio, una Doctrina de la Defensa de la Patria, mal se podía esperar una concluyente y patriótica Recuperación de nuestro espacio histórico de Malvinas. Y sin embargo, por esas cosas de los malabarismos de la historia, la Argentina, aun así, con generales impredecibles soñando hacer confluir el apoyo de masas con la represión de masas, produce este acontecimiento de envergadura mundial. Y a partir de entonces la Argentina fue mirada con un ojo abierto y otro cerrado.

Contexto histórico: Ilusiones y realidades, Ejército débil y Sociedad desarticulada.

El mundo en 1982 era fuertemente bipolar: EEUU-URSS, Capitalismo/Socialismo, y un importante grupo de Naciones No Alineadas más bien fluctuante para el último bloque que para el primero. Cada bloque luchaba por zonas de influencia. La dictadura militar creía que por su adscripción al bloque Capitalista, por su papel de buenos muchachos adentro y afuera, iba a conseguir la venia de ese bloque, sin graves consecuencias, aun a costa de una última humillación al Reino de la Gran Bretaña, y con una Margaret Tatcher en retirada, odiada en Europa continental. Mal pensó que la vieja dueña de los mares no se iba a movilizar por una porción de tierra en el Atlántico Sur. La concepción geoestratégica de todo el mando militar argentino era de una ingenuidad total, producto del desconocimiento de la historia mundial, de las alineaciones y de las luchas que se venían librando por esas zonas de influencia.

En ese contexto la Argentina se metió en la Guerra, sin creerlo, hasta último momento. La concepción política ideológica de lo que se podía poner en juego y movimiento no le permitió al Alto Mando Argentino percibir lo que estaba realizando. ¿Y qué es lo que podía provocar? Nada menos que la derrota de la Real Marina Británica. Cuando advirtieron que esto podía ser una realidad, más allá de su voluntad y convicciones pusilánimes, hicieron todo lo posible para caer en la derrota, esto es: nos disponer la defensa estratégica de las islas, no adiestrar suficientemente a los soldados, no suministrarles apoyo logístico suficiente en municiones, ropa y viandas, no disponer nuestra Marina en el Teatro de Operaciones, no construir una base área de emergencia en las Islas que permitiera ataques rápidos y permanentes, manteniendo alejada a la flota el mayor tiempo posible, no disponer de un sistema de alerta rápido ante la construcción de la cabecera de playa del enemigo, y un ataque para batirlo, no disponer una retaguardia adecuada y fortificada, no desembarcar material militar básico, pesado y liviano, no producir acciones en el continente contra los intereses económicos y financieros británicos, no aleccionar a toda la población y ponerla en pie de guerra, con una verdadera voluntad de vencer, aunque pese a ello la inmensa solidaridad y puesta en marcha del pueblo argentino fue tremenda y ejemplar.

Debemos decir, contra los cachirulos de siempre, que la Guerra planificada por el Alto Mando Militar Argentino fue un error total. Pero no fue un error la Guerra en sí misma, ya desatada, como voluntad de la Nación para recuperar un territorio propio. No hay que tener temor en decir esto. No cambia un ápice la permanente voluntad de paz del pueblo argentino. Los británicos hacen la Guerra en todas partes del mundo, y dicen ser los dueños de la más completa democracia, sin complejos. No debiéramos avergonzarnos nosotros de la Guerra, de los Héroes que produjo, desde el Capitán Giacchino hasta el último soldado muerto antes de la rendición. Tampoco estamos diciendo que lo volvamos a hacer. Pues en cada momento se imponen distintas acciones (Bush y Blair dicen a cada rato que siempre tienen en estudio “todas las opciones”). No es la primera vez que una Nación se enfrenta a la opción de la Guerra, aunque deseamos que no sea así.

Ese ejército débil en mente y cuerpo desarticuló a la sociedad argentina. Y la sociedad argentina cada vez más debilitada desarticuló a su ejército. Una historia de desencuentros bien programados por intereses antinacionales. No se podía vencer a la potencia Marítima, atlantista, sin salir del marco del atlantismo. Haber vencido en Malvinas hubiera representado un quiebre en la Historia de Occidente en toda América del Sur. Y el Alto Mando Militar Argentino no tenía en mente producir un hecho histórico de tales consecuencias, sino a la sumo una maniobra que le permitiera por la vía de una justa causa nacional, perpetuarse en el poder, a favor de las potencias occidentales. Muchos militares británicos sintieron la posibilidad de la derrota en distintos momentos del curso de las operaciones, ya echadas las cartas y enfrentados con el afán de los actores y el patriotismo argentinos. En cambio algunos civiles y militares argentinos deseaban o planeaban la derrota, también con el mismo sentimiento del Alto Mando a medida que las cosas se ponían más calientes. La izquierda pacata, contenta porque no se perpetuó el dictador (no le importaba la fractura que Argentina como Nación podía producir en el concierto de Naciones). La derecha blanca, feliz porque no se concretó la división de Occidente (no le importaba el dictador de turno). Pero el pueblo argentino quería la Victoria.

Reconocimiento de la Derrota o Derrotismo:

Son ya muchos los análisis –inclusive de los propios ingleses- que van dando cuenta que aun en medio de esta falta de concepción política estratégica y de voluntad para poner en el Teatro de Operaciones las más favorables condiciones para la victoria, la Argentina estuvo a punto de vencer. Los británicos estaban al límite de su capacidad operativa, de municiones, de cansancio, sus tropas no podían ser suficientemente movilizadas por la pérdida de helicópteros (hundimiento del Coventry), la fuerza área argentina les había propinado algunos golpes, que pudieron haber sido decisivos de haber explotados cinco o seis misiles en los cascos de sendos buques de guerra. Pero el General Benjamín Menéndez, Comandante de las fuerzas argentinas en la Islas, la única batalla que había librado era la de la contrainsurgencia en Tucumán. De pronto no podía enfrentarse así nomás con el aliado anticomunista que había sostenido a las Juntas Militares en América del Sur, junto a los EEUU, sin producir un terrible descalabro en la marcha de la Historia Argentina y del propio mundo Marítimo Occidental.

Hemos escuchado o leído en ocasión de este aniversario frases increíbles, absurdas, simplistas. Por ejemplo: “El alcohol mató a 650 personas”, como si la afición del General Galtieri al etílico refinado fuera la causa de las muertes argentinas, muchas de ellas (casi la mitad) producidas por la criminal acción del hundimiento del General Belgrano. A Gastón Pauls, protagonista de una película que sólo levanta la mirada para ver el fuego, o hundirse en la fría turba de Malvinas, o los “estaqueadas” ordenadas por suboficiales apátridas, y cuando habla de la “invasión a Malvinas” (en un documental producido para Discovery Chanel). A docentes de alto rango en escuelas públicas de la Provincia de Buenos Aires escuchamos decir que el “2 de abril” se recuerda la “derrota” argentina y no la Recuperación. Al Diario Clarín en su Revista dominical expresar “que el peor enemigo del ejército argentino fue el propio ejército argentino”, olvidando que actuó la flota más poderosa del mundo contra nosotros, y profesionales mercenarios. Y a más de uno escuchamos decir que fue un error, que nunca debimos, que la paz y las negociaciones sobre todas las cosas, que los ingleses ya estaban a punto de entregarnos la soberanía en 1982 (desconociendo todas las relaciones marítimas atlánticas que producía la Guerra Fría de bloques en el Atlántico Sur, y la importancia estratégica para Gran Betraña de estas Islas, cuyo primer combate ya se había tenido en 1914 contra una Escuadra Alemana en el marco de la Primera Guerra Mundial, hecho casi desconocido).

Los grandes medios de comunicación, los políticos de turno, importantes sectores de las Fuerzas Armadas, ante la derrota, se constituyeron en aliados naturales del enemigo/vencedor. Se elimina el Servicio Militar Obligatorio, llevado al absoluto desprestigio con el caso Carrasco. Se destruye la Industria Militar Argentina que venía produciendo aviones de combate rápidos (Pucará), o misiles de mediano alcance, y todo tipo de municiones, con el pacto de alineamiento incondicional con los EEUU, dejándonos en una situación de total indefensión. Se detiene Atucha II. Se reorienta la capacitación de las Fuerzas Armadas en el envío de misiones al exterior (Haití, Chipre, Kosovo, etc., los “cascos azules”) que no tienen nada que ver con nuestros intereses nacionales pero se sujetan a la voluntad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, dominado por EEUU/Inglaterra. Se lo ve al periodista “independiente” el Gordo Lanata en las Malvinas, rindiendo homenaje en el cementerio Argentino pero de paso informando del gran desarrollo económico de las Islas después de “su” victoria. Se nos hace creer que fuimos los “provocadores”, se habla de paz hasta el hartazgo mientras son ellos los que nos siguen amenazando con la Guerra (Blair declarando que lo volvería a hacer como Margaret Tatcher).

Por ello, Malvinas merece un profundo responso para los caídos. Pero también una reflexión sobre la conducción política y militar. Y de cuáles son los distintos caminos para poner a la Argentina en un destino. El destino no viene solo. Lo proyecta el pueblo con sus deseos, su voluntad de fundar una Nación única, bella, solidaria con sus reales amigos, fiera y firme ante sus enemigos.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL PETROLEO

¿QUIÉN AMA A WALL STREET?

De algunas películas protagonizadas por Leonardo Di Caprio, impacta sobre todo esa titulada ¿Quién ama a Gilbert Grape? (1993), donde hace su mejor y más simple papel -nunca jamás superado-, de hermano tonto, dado que su promoción posterior sólo provino de los oropeles de una producción multimillonaria, y el halo guionado de joven “enamoradizo” (Titanic, La Isla, etcétera), no de sus propias cualidades. Si le sacudiéramos bien el traje de actor, sólo veremos caer una moneda de diez centavos sobre el adoquín, pese al grito histérico de las fanáticas de moda. No así cuando hizo ese magnífico papel de hermano tonto, uno de los primeros de su carrera cinematográfica, al lado del “pirata” Johnny Deep. Persona y personaje estaban unidos.

Hoy, cada noticiero no deja de pasarnos el rendimiento de las bolsas en “Wall Street”, de esa calle del centro de Manhattan, que comienza donde un toro de bronce alude a los supuestos bríos del capitalismo financiero mundial, y termina inadvertidamente en un pequeño y lúgubre cementerio. Parece que amamos a Wall Street, la bolsa de “valores”. Se está pendiente de lo que ocurre en la más grande timba financiera del mundo; el Nasdaq parece nuestra amante secreta. Lo cierto y trágico es que estos operadores financieros no tienen nada de tontos, a diferencia de Di Caprio. Su mejor papel es hacerse los tontos, impersonales, desesperados, eufóricos o agónicos, supuestamente gobernados por las leyes de los “valores del mercado”. Mientras tanto, en realidad, las multinacionales de Wall Street instrumentalizan, digitan, la historia contemporánea, construyen los acontecimientos que les resultarán más favorables ahora, o para dentro de cien o doscientos años. No importa el tiempo, actúan como una élite cerrada, sistemática y ordenadamente, más allá de tropiezos y retrocesos, cuyo único dios a idolatrar, su objetivo máximo, es el gobierno total del mundo, es decir, la destrucción del mundo de los seres vivos. ¿Qué es Wall Street? ¿Quién ama a Wall Street en los tiempos del petróleo?

El cuco de la bolsa. La pasión negra. ¿El fin de la “civilización”?

La bolsa de valores es un “mercado de capitales”, donde las principales empresas monopólicas “valen”, se cotizan en “acciones”. Teóricamente, se las puede comprar y vender, parcial o totalmente. La cotización, el valor de la “acción”, se ha vuelto cada vez más “intangible”, difícil de dimensionar. Hoy valen, y mañana no, dependiendo de diversos factores. Una librería virtual (Amazon, por ejemplo) no tiene libros, pero los vende y, mientras a la librería de la esquina le cuesta vender hasta un “best seller”, Amazon se “cotiza” en la bolsa en cifras millonarias, sin tener… nada. La bolsa es lo “intangible”, pero produce efectos bien “concretos”, a veces devastadores.

Otro caso: cuando se descubrió que el petróleo era una nueva fuente de energía, más limpia y fácil de transportar que el carbón, el valor de las empresas carboníferas se vino abajo. Aunque muchas de ellas, sobre todo las inglesas, crecieron y se transformaron en petroleras. Y no olvidemos que la energía, el petróleo, mueve al mundo hace más de ciento cincuenta años. Wall Street huele a petróleo, el petróleo ama a Wall Street, todas las demás empresas dependen de las finanzas, de la energía amorosa, la pasión negra, el calor contaminante que produce el petróleo: modelo, trono y drama de la civilización industrial.

Ahora, según las estadísticas más optimistas, hay reservas de petróleo mundial sólo para treinta años más, según la intensidad del consumo de aquí en adelante. El “techo de producción” se alcanzaría dentro de poco, luego de lo cual la declinación en la producción mundial de barriles de petróleo sería constante, tal vez acelerada. La población mundial se calcula en 1 500 000 000 de personas más en el término de quince años, que demandarán más alimentos, vivienda, vestimentas, agua; es decir, más energía, más petróleo. El 85% del consumo de energía en el mundo tiene como fuente básica al petróleo; le siguen la energía nuclear, hidroeléctrica, eólica, geotérmica, etc. Nuestro “modelo de civilización”, armado desde la revolución industrial inglesa, existe sobre la base del petróleo y éste, como recurso no renovable, está llegando a su fin inexorable. Con implacable lógica podemos afirmar que se acerca el fin de “esta” civilización “a la inglesa”.

El “fin” del planeta dependerá de otros factores, que esperamos no se cumplan. Pero hay que tener muy en claro que la élite anglo-norteamericana quiere vincular a “esta” civilización con el único “modelo de vida” posible, el industrial-financiero-petrolero y, si resultare el fin de ésta, también querrá que sea el “fin del planeta”. Las petroleras multinacionales, y su reinado financiero, se resisten a dejar el dominio del mundo y, como la bruja de “Blancanieves”, buscará destruirlo antes que dejarlo ser feliz.

Las empresas petroleras, la élite global petrolera y financiera anglo-norteamericana -no hay energía sin dinero, ni dinero sin energía-, sabe muy bien que se acaban los tiempos. Petróleo y finanzas, finanzas y petróleo, poder político controlado, medios masivos de comunicación bien preparados para desinformar, poder conspirativo en las sombras, simulaciones de democracias representativas: todo esto es la ecuación de dominación. Petróleo y fabricación de armamentos, grandes laboratorios y salud, sin dejar pasar la educación y el control de las grandes universidades (Chicago, Yale, Harvard, Oxford): esto y no otra cosa es el poder real global del mundo. Búsqueda del control absoluto de los principales factores de poder.

Se hacen los tontos, y mantienen al mundo desinformado. Junto a esto, es asombrosa la capacidad del periodismo masivo para llenarnos de malabarismos verbales, tanto con estupideces ramplonas, como con “debates serios”, supuestos extremos, pero insoportables ambos por su tragicómica levedad (“¿o usted no sabe todavía cuántas veces copula un mandril en el día?”, pregunta de una radio porteña, febrero 2008.

Mel Gibson tenía razón: se acaba el petróleo y la gasolina.

Nos hacen creer que el aumento del precio del barril del petróleo se debe a la guerra civil en Nigeria, a las declaraciones de Hugo Chávez, a la guerra con los kurdos o la voladura de un oleoducto en alguna parte del mundo. La realidad es que el aumento del precio del barril del petróleo se sostiene objetivamente en que se está llegando al “techo de producción”, al máximo de oferta posible, y con una creciente y explosiva demanda por parte de los países más industrializados. EEUU, que hasta la década de los setenta tenía reservas propias y era exportador de petróleo, ahora ha pasado a ser importador y consume el 25% del petróleo mundial. China e India tienen un consumo exponencial de energía a base de petróleo, y no se detienen. El colapso está cercano, en términos históricos. No hay nuevos descubrimientos de pozos petroleros que puedan reemplazar a los pozos que se agotan. Y desinforman para no producir pánico en las poblaciones, puesto que ellas podrían cuestionar ese mismo poder real, y poner otro destino en sus manos. La crisis reportará la muerte de millones de personas, si no se detiene esta maquinaria sedienta. Porque las ciudades se paralizarán, la provisión de alimentos, salud, transportes, vestimentas... Crecerá el desierto en medio de las ciudades del confort (¿se acuerda de la visión desoladora de Mel Gibson en Mad Max? (1979).

Los intentos actuales de crear nueva energía con los llamados biocombustibles son descabellados y criminales, porque impone la siembra de cereales y vegetales para abastecer máquinas, y no organismos vivos. Jamás podrán reemplazar la totalidad de la energía que se consume y, además, producirán de una forma u otra un cataclismo social. Maniobras de distracción al fin. Es para destacar que nuestro Estado Mayor General Conjunto de las Fuerzas Armadas hoy tiene como hipótesis principal de guerra la lucha por los recursos naturales y su posible asalto armado por enemigos externos, enemigos desesperados por la supervivencia de “su” civilización. No es casual que, desde Occidente, se desprestigie tanto al mundo musulmán, cuna de las civilizaciones premodernas, pero también fuente de las mayores reservas petroleras.

Ahora, en esta década que corre, algunos países endeudados desde la década de los setenta, han comenzado un proceso de desendeudamiento, pero esos dólares deben colocarse en algún lado, porque el capital reclama más capital. Así, se inició un festival de financiamiento al consumo fácil y a la vivienda rápida en el propio EEUU. Pero como todo lo que se gasta o consume en algún momento se tiene que pagar, la propia población norteamericana se encuentra en la misma trampa que el liberalismo menemista en la Argentina nos hizo vivir, cuando esa fiesta se mostró falsa, y sin sostén en trabajo productivo propio. EEUU no puede seguir consumiendo a costa del financiamiento y del sacrificio del resto del mundo. El mundo le está vendiendo a un cliente con la libreta colmada de deudas. Y puestos a sacudir el traje, resulta que ya no chorrean más dólares productivos, como el traje de actor de hermano tonto. El almacenero de barrio está saliendo a buscar a su cliente para que le pague a un precio justo, o no le vende (presta) más. Pero tiene un problema adicional: ¿a quién le venderá ahora? ¿Cuál será el motivo de sus febriles amores comerciales nocturnos, mientras abre la libreta y hace sumas?

“En Dios nosotros creemos”. ¿George Soros y la III Guerra Mundial?

Entonces, así como se acerca una crisis petrolera o energética de magnitudes incalculables –si no hay un rápido cambio en cuanto a las tecnologías relacionadas con la energía-, así también bailaremos en la más grande crisis financiera del mundo del siglo XXI, remedo de aquella del año 1929, pero con una virulencia globalizadora de potencia amplificada. Los EEUU emitieron, con la maquinita, dólares billetes, sin cansarse, para financiar su propio consumo, sus propias guerras, estructurar su propio poder político. Crisis energético-petrolera, crisis financiera global. El papel de hermano tonto, niño lindo, enamorado, de prometedor futuro, comienza a mostrar un parche en el ojo, pata de palo, y manos como garfios.

Por el momento, el mundo sigue “creyendo” en el billete dólar. Desde ya, nunca creyó en las lágrimas -de los “rublos”- de Moscú. El “euro”, otra moneda global, sustituta, es la hermana menor de una misma familia con el cromosoma veintiuno distorsionado, aunque no se nota tanto. Se sigue por ahora “creyendo” en el dólar como reserva de valor. Todos compran dólares. Hasta Moscú debía y debe importar sus materias primas en dólares. Nada mejor para un banquero, un financista, un país, que hacer creer que ese billetito que presta tiene un poder real; que, atesorado o guardado en el colchón, compra una parte de poder, una apropiación real en “cosas”. A nosotros, por ejemplo, nos hicieron “creer” que un dólar valía un peso y, de pronto, ese valor intangible ya no era el mismo de un día para el otro (enero del 2002): valía mucho más, más trabajo real para conseguirlo. Por algo la cantante estadounidense Madonna nos había preparado con la famosa canción “¡No llores por mí, Argentina!” (Evita, 1996), ¡nada menos que desde los balcones de la Casa Rosada!

Se dice que ese billete es del Banco de la Reserva Federal, (FED, Federal Reserve Bank), firmado por el Secretario del Tesoro de los EE.UU., y que ellos creen en Dios (“In God we Trust”), pero es un billetito emitido por un gran Banco Central Privado, cuya salud depende de los tres más grandes bancos que lo componen: Chase Manhattan, Citibank y el Morgan Guaranty Trust –familias Rockefeller, Rothschild y Davidson (Morgan)-. No hay Banco Central Estatal en los EE.UU. que dependa formalmente de su Gobierno, como son los Bancos Centrales latinoamericanos o el Banco Central Europeo. Por las dudas, ya Richard Nixon, en 1971, rompió totalmente la paridad dólar/oro -por la cual los EEUU se comprometían a mantener tanto oro de reserva como moneda emitida-, dejando flotar al dólar libremente. Hoy, es un sólo un papel, como muchas monedas, incluido el euro; su verdadera “reserva de valor” es un misterio, es decir, un funesto engaño. Las arcas del Tesoro Nacional cuando Perón fue echado del poder en 1955, estaban llenas de lingotes de oro, respaldo metálico, y hoy están llenas de… “billetes dólar”, respaldo en papel.

Así que hoy una buena parte del mundo se ha convertido en acreedor insobornable de los EE.UU., del FED. Y la cuestión es mundial: ¿con qué cosas, con qué trabajo real pagará EE.UU. esas deudas, por las cuales el mundo se atesoró en dólares en el intercambio comercial? ¿Emitiendo más moneda? ¿O mediante una criminal licuación de su valor, que dejará tanto al jubilado que ahorró u$s100, como al industrial del plazo fijo que ahorró u$s 1 000 000, o a las naciones que atesoran miles de millones de dólares, mirando cómo se esfuma el producido de sus esfuerzos? Porque nada mejor para un banquero que declararse insolvente, es decir, sin tener con qué responder aquello que debe. Ya el financista y empresario George Soros, miembro de la Comisión Trilateral, una especie de supra gobierno mundial en las sombras, dijo que la crisis en EE.UU. señala el fin de una era de expansión crediticia basada en el dólar como la moneda de reserva internacional (Clarín, 03/02/08, pág. 30, en “Vivimos la peor tormenta desde la Segunda Guerra”; en otras palabras: te pago con la plata que, como líder mundial, emito -dólares-, para que vos me vendas, o te doy esa misma plata –dólares- para que vos me compres. Y eso se está acabando). Por lo tanto, lo que atesora el mundo en sus respectivos Bancos Centrales, para Soros, dejará de ser medida de reserva de valor y de cambio.

Sin duda, la élite financiera y petrolera anglo-norteamericana nos tiene preparada una celada al final de este camino: ellos ya saben de qué se trata. A la élite global ni siquiera le interesará hundir al imperio anglo-norteamericano si de ello saldrá una “nueva moneda”, y un nuevo liderazgo centrado en otra Nación, nueva reina del mundo, o en un grupo de naciones, que reproduzca más aún sus intereses, dejando el tendal de los cementerios.

Bien analizado, por petróleo fue la Primera Guerra Mundial: Inglaterra necesitaba detener la tasa de expansión industrial de Alemania y la provisión de combustible líquido –ya vislumbrado como reemplazo del carbón-, que provendría del Imperio Otomano hacia ésta, y dejar exhausto, de paso, a su gran oponente estratégico: el Imperio del Zar Nicolás II de Rusia, que cayó antes de finalizada dicha Guerra. Y también lo fue la Segunda Guerra Mundial: evitar que se formara un eje petrolero Alemán-Ruso-Nipón, cuyos países estaban en franco crecimiento industrial, y que compitiera con el dominio anglo-norteamericano. No fue por otros sucesos, aberrantes y repudiables -por determinantes que fueran en cierto momento-, como nos quisieron hacer creer los manuales escolares oficiales. Por petróleo fueron las guerras posteriores y, en especial, las recientes del Golfo Pérsico. Por petróleo será, también, lo que viene… Depende de las Naciones y de sus pueblos.

LOS FILAMENTOS DE LA GUERRA MEDIATICA

No es un cuento de Julio Cortázar, no es el título de la novela de mi amigo Leonardo Aquino. Las “babas del diablo” son esos filamentos blancos que caían del cielo, lenta y oblicuamente, sobre los campos de nuestra infancia solanense. Por algún mandato ancestral, por algún alerta de grito impecable venido de nuestros abuelos y bisabuelos, escapábamos a esas apariciones que podían caer en cualquier momento, especialmente en la pesada tarde. Estábamos jugando al fútbol o caminando por la calle y, si esa excrescencia se cruzaba por sobre nuestras cabezas, corríamos y nos apartábamos con verdadero terror.

Hoy ya esas telarañas que “bajan” del cielo están tan bien urdidas, que todo se encuentra a la vista y, sin embargo, no se ve nada. Vivimos en la época del más espectacular ocultamiento del sentido común. Los grandes medios de comunicación masivos (la televisión, en primer lugar, y luego la radio, la cinematografía, los diarios y revistas) arrojan incesantemente bolas de fuego sobre los cerebros de millones de espectadores, con sorprendente uniformidad, como si todos ellos estuvieran expropiados y dirigidos por un poder superior.

¿Libertad de expresión? No hace falta ser muy lúcido observador del funcionamiento de los medios para advertir que sus contenidos, propalados a repetición, multiplicados con el mismo sesgo por todos los canales de difusión, y metrallados a raíz del conflicto con las patronales “del campo”, respondieron a una misma matriz común, nada democrática ni multifacética. Matriz que demostró descaradamente a periodistas genuflexos, comunicadores sin capacidad de preguntarse, repreguntar o analizar -dentro de un marco de obvias sospechas, como cabe a todo buen periodista-, absolutamente nada, haciendo que una gran parte de la población se sintiera francamente indignada y viviera en hierro candente la acción de ese poder superior dirigido, que no olvidaremos.

Periodistas cómplices que entregaron toda su dignidad, opinadores de toda leva, ensayistas culteranos, a veces de una agresividad punchista, abandonados de toda ecuanimidad responsable, como la de un editorialista de Clarín que dijo: “los perros han olido sangre”, cuando el Senado, ¿con el gesto masónico de Cobos? –que “al momento de votar, extiende su brazo derecho todo recto como una tabla hasta apoyar la palma de la mano sobre el corazón con el dedo pulgar arriba y el meñique abajo, todos los dedos rectos”, como publica el diario Página 12 en su edición del 23 de julio-, hizo caer el proyecto de Ley sobre Retenciones Móviles, e incitó al odio y la venganza. Entonces, ¿convicción propia o cumplimiento de una orden superior? Y, aunque su vocero desmiente que fue un gesto masón, las dudas quedaron instaladas. Recordemos el funcionamiento de los medios de comunicación en el Chile de 1973 o en la Venezuela del 2002, o en la Bolivia del 2008, y veremos las calcomanías de la misma matriz universal. Algo, sin duda, se dispara en el poder comunicacional dominante cuando el Estado Mayor que los dirige decide actuar a fondo. Pues el pueblo argentino debiera demostrarles que de esa actitud no se vuelve, sumiéndolos en el desprestigio y dándoles la espalda para siempre. No olvidando.


Sociedad de los mensajes imperceptibles. Guerras y comunicación.

Ahora, los multimedios concentrados serían los “amigazos” de la democracia. Pero nada dicen de la reiterada y maliciosa intencionalidad de Hermenegildo Sábat, -el mismo que dibujó, cuasi mafiosamente, a la Presidente con dos franjas rojas en cruz sobre la boca, la víspera de una importante alocución suya en Plaza de Mayo-, cuando dibuja, esta vez a Cobos, con el dedo índice derecho en alto cubierto de sangre el día después de su “voto no positivo”. Mensajes. Sociedad de mensajes secretos, elípticos, imperceptibles, que producen sentidos.

Pero de sangre se trata, desde hace mucho tiempo, los asuntos de carne y hueso de los hombres. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) representó la más espantosa lucha de trincheras, lanzallamas, bayoneta calada, cuerpo a cuerpo, cara a cara, lucha por el dominio del territorio del enemigo, la disputa permanente por la “tierra de nadie”, esa que mediaba entre una trinchera y la otra, la ocupación del espacio físico-geográfico del otro para dictarle luego su voluntad política y, sobre todo, económica. El medio comunicacional de esa guerra fue el telégrafo, el correo, y el teléfono alámbrico.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945), no menos espantosa que la otra, representó el ablandamiento del enemigo por la aviación, los tanques y la infantería, con bombas y disparos a cierta distancia, con gran despliegue de tecnologías de destrucción, donde el paso del hombre se marcó al momento, o detrás, del movimiento de esas tecnologías. El objetivo de la ocupación espacio físico-geográfico fue no sólo para imponer la voluntad política y económica al enemigo sino también la ideológica y cultural. La expansión del ideal democrático también “viajó” en las espoletas de las bombas atómicas sobre Japón. El medio comunicacional por excelencia de esa guerra fue la radio. Ya Orson Welles demostró, con su versión radiofónica (1938) de La Guerra de los Mundos, del autor británico H. G. Welles, que podía hacerle creer a la gente que los marcianos estaban invadiendo la tierra.

La Tercera Guerra Mundial (1945-1991) fue en esencia la llamada Guerra Fría, el enfrentamiento entre los dos grandes bloques mundiales (capitalistas, con EE.UU. a la cabeza, y socialistas, con la URSS a la cabeza), en todos los órdenes: político, económico, cultural, social, financiero, ideológico, pero sin enfrentamiento militar directo -que hubiera representado la destrucción de la humanidad, dado el poder nuclear de fuego alcanzado por ambos bandos-; es decir, una guerra jugada en un Teatro de Operaciones más vasto que el del dominio del espacio físico-geográfico, al que sin embargo el bloque capitalista logró imponer su voluntad de poder. El medio comunicacional por excelencia de esta guerra ha sido la televisión. Desde que en 1951, al más alto edificio de Nueva York (Empire State, construido en 1931) le colocaron las antenas de radio y televisión, su influencia de masas no dejó de crecer. Allí mismo, la ciencia ficción colocó al gorila King Kong (1933) agarrándose a un inmenso pararrayos, mientras los aviones metrallaban su furor instintivo, la salvaje naturaleza con toda su fuerza esplendorosa, no exenta de un escondido sentido de justicia, amor y dulzura, como símbolo triunfante de la racionalidad urbana y el capitalismo depredador. Y si bien la coherencia del final de juego de esa tercera guerra todavía, a nuestro entender, no se ha aclarado completamente, lo cierto es que, a partir de la caída de la URSS en 1991, se ha abierto el panorama de lo que algunos ensayistas ya hablan de una especie de Cuarta Guerra Mundial, la Guerra Mediática, la guerra por el control de las mentes y los espíritus de miles de millones de personas.

King Kong y la Guerra Mediática

Esta última, invisible guerra ya no requiere de la lucha de trincheras, la ocupación directa del territorio enemigo, la destrucción de sus fuerzas productivas, sino de algo más a fondo que ninguna de las tres guerras anteriores todavía pudo lograr totalmente: la ocupación de las mentes, la alienación de los sentidos, el control virtual de toda la producción ideológica y cultural, el control social de los sujetos. Y sin dejar de lado toda la logística militar y comunicacional anterior -que sigue ampliándose como soporte-, podemos definir a la Cuarta Guerra Mundial como la de las tecnologías de la comunicación contra la instalación, entre los ciudadanos, del verdadero sentido común: la sabiduría de los abuelos, la defensa de toda la vida, respeto a la naturaleza y a las normas ancestrales de convivencia. El medio comunicacional por excelencia de esta guerra mediática son los satélites y todos los sistemas inalámbricos que los acompañan. King Kong había llegado a lo más alto del Empire State para avisar que desde donde caía derrotado se anunciaría una nueva era. Pero en esta última vuelta de trascendencia vacía ya estamos en la estratosfera. La Guerra de las Galaxias no fue sólo el nombre de una película.

En la Argentina, a nuestro modo de ver, asistimos a unos de los tantos actos tenebrosos, a veces tragicómicos, cruzados, universales y fragmentarios de esa guerra mediática mundial diseñada en laboratorios anglo-norteamericanos, y europeos. ¿La sociedad se fragmentó por los mensajes multimediáticos, o los mensajes fragmentados son producto de una sociedad multiparcelada, sectorizada, que ha dejado de ser la sociedad clásica del siglo XIX y principios del XX, definitivamente? Ambas cosas. Entender este proceso de las comunicaciones en el siglo XXI, a la par de la historia social, será fundamental para el desarrollo, defensa y mantenimiento de gobiernos nacionales y populares en nuestro continente.

Grupos de Tareas. Operativo coloniaje.

El Grupo de Marcelo Tinelli, con sus técnicas de entretenimiento, burlas y “porno light”; el Grupo Gran Hermano, el ojo que todo lo ve de la vida cotidiana; el Grupo Susana Giménez, con sus perros perdidos en el laberinto; o Moria Casán, llamando a las señoras a aferrarse al caño, medida de las mujeres neoliberales, (por no hablar del Grupo Hollywood, ya que se produce fuera del país), han iniciado este proceso de alienación poniendo a millones de espectadores en un laboratorio social, preparándolos para la nueva “producción de sentidos” (como gustan decir ahora). Arrojan todo tipo de mensajes y banalidades, y estudian en la calle sus reacciones y comportamientos. Luego, cuando perciben que el estofado de indecibles estupideces, desinformación e insensibilización está a punto, pasan a la acción, que consiste en la más falsaria manipulación de la realidad.

Ahí vienen los Grupos Periodísticos. Se entrenó a miles de periodistas, conscientes o no, en las técnicas del tremendismo, de la transmisión de angustias una tras otra, del ablandamiento y redireccionamiento de la capacidad de reacción, no a través de bombas de fragmentación, como en las guerras clásicas, sino en la rapidez del video clip, sin ningún tipo de análisis, ni argumento. Lo grave, lo verdaderamente astuto, consiste en que no trabajan sobre lo que no existe, no trabajan sobre una realidad inventada que podría ser verificada y descartada al momento, sino sobre lo que existe, pero manipulando la construcción de su interpretación, de los sentidos que le corresponden. Y por ello cierran toda posibilidad de encontrar una profunda identidad con lo nuestro, con lo que sucede.

Por ejemplo, no es lo mismo presentar el colapso de pasajeros en colectivos y trenes como transporte de “ganado humano”, “sin control estatal ninguno” (cuya realidad existe y es contrastable), que presentar el mismo hecho como producto de mayor circulación de trabajadores y actividad económica interna, como no se conocía en décadas. Lo primero nos pone en un estado de rebeldía antiestatal estéril y destructiva; lo segundo nos coloca en un estado de posibilidades, de cambios positivos, que deben resolverse urgentemente. Se olvidan de decir que cuando viajábamos “bien” y “decentemente”, lo era por falta de trabajo.

Los grandes medios han leído a Kant hace mucho: sostienen que la “realidad” es una “construcción” racional, que parte de la experiencia sensible, pero le dan “sentido”, o “entendimiento”, desde sus insidiosas estructuras previas puestas en acción Esos “sentidos”, o “entendimientos”, se buscan pasarlos por el filtro de los medios, y así “construir” una “realidad” a medida de sus intereses. Impregnarlos de las babas del diablo. La práctica, y la acción popular, sobre el conjunto de la realidad, debe ser la receta del desmantelamiento de las mentiras “construidas” de esta manera. Para ello, hace falta periodistas bien informados, con seria capacidad científica, cultural, religiosa, política y espiritual, y todo un pueblo en verdadero movimiento; con todo, contrarrestar lo falsamente construido. Una política de estado para los medios de comunicación que le dé carácter democrático, nacional y popular a los mensajes. Y un estado de la población que anhele desprenderse de tanta basura que le cae encima.

Si bien esto que decimos requiere una profunda demostración, basta por ahora alertar sobre lo que se está urdiendo a pasos acelerados. La teoría crítica de la manipulación de mensajes –de Orson Welles para acá-, debe ser reflotada en este tiempo distinto, con nuevos análisis. Lamentablemente, muchos trabajadores de la cultura, docentes, profesionales, artistas, escritores todavía no advierten en toda su magnitud e importancia lo que está sucediendo. Y siguen callados, conformando la sección de los conejillos de Indias. Es el provocado Síndrome de Estocolmo: únete a quien te produce terror o humillación, aun contra tus propios intereses y deseos. Castells, hombre del bajío como hay pocos, le pide cien vacas a aquellos que hambrean la Nación hace más de doscientos años. Docentes o profesionales que en masa hablan de la “soberbia” de la Presidente, y se subyugan en cambio con las amenazas extorsivas –nada humildes- de Buzzi, De Angelis o Llambías. O con el patriciado decadente de Miguens y la oligarquía.

Así se sabe que estás muerto

No hace falta ir a ver Antes que el diablo sepa que estés muerto para enterarnos del terrible mensaje que el estafador de diamantes le dice al esposo de la mujer asesinada por sus propios hijos: “ahora sabes que el mundo puede ser un lugar muy maligno”, para entender que se busca persuadirnos de que el mundo es así, despojado de todo humanismo. Son los valores y mensajes dominantes que se están instrumentando y transmitiendo.

Se presenta a Clint Eastwood como un héroe sentimental por desconectar del respirador artificial a su pupila de Millon Dolar Baby, en un gesto de clara significación eutanásica. Julio Cleto Cobos –y no solo-, también lo es por contribuir a voltear el proyecto de un gobierno, al que él mismo pertenece –eutanasia política-, proyecto que hubiera comenzado a dar vuelta la página de la historia en la Argentina, aun con todas las contradicciones y tensiones que le hubieran seguido. Zlotogwiazda se indigna por la “impertinencia” de la cadena nacional abierta para la Presidenta, cuando no informa que la mayoría de los medios del Grupo Clarín, que le paga su sueldo (incluyendo La Nación, TN, Canal 13, Radio Mitre y otros), ya están desde hace varios meses trasmitiendo en cadena, con ánimo destituyente, sobre los errores, no los aciertos, de este gobierno, y también el de Chávez, Evo o Correa. Tenenbaun parodia la Santa Misa, y desconcierta el ánimo de millones de creyentes cuando habla de la “Santa Soja”. Majul rescata al carnicero Samid; Chiche Gelblung, al protoguerrillero Esteche; Grondona, a la protestataria Ripoll. Construcción de sentidos, circulación de mensajes, aparentemente inconexos en las formas. Nada hay más inteligente, aunque pernicioso, cuando los mensajes y contenidos suelen pasar por estúpidos o intrascendentes.

Está todo a la vista y, sin embargo, no se ve nada. Fantástica, enorme guerra de la virtualidad y la ideología, de lucha para establecer cuáles deben ser los verdaderos sentidos del sentido común. Plan sistemático que están reproduciendo miles de guionistas en el cine, el teatro, los diarios y la radio, la televisión en primera trinchera. Buscan construir la circulación universal del mensaje fragmentado: veo al “ganado” pero no veo el “trabajo”; veo la “gente” en el corte de ruta, y no veo el “desabastecimiento”, y la lógica destituyente que ese corte patronal prefigura, como lo demostró sobradamente la experiencia histórica desde Yrigoyen hasta nuestros días. La fabricación de millones de celulares, el acceso universal a esa red de mensajes que es Internet, no es solamente un negocio comercial. Es el último torcimiento en la búsqueda del control social de la cuarta guerra mundial, la Guerra Mediática, la Guerra por las Mentes. Pero estamos “felices”, estamos “comunicados”. King Kong se cae finalmente al piso desde trescientos ochenta y un metros de altura del Empire State. Con el último resplandor de luz vital en sus ojos, le está diciendo a la blonda dama, su amor imposible, que todo apenas comienza.

QUE ES LA GLOBALIZACION: Una manera crítica de entender el proceso de globalización

Cuando Caperucita no ve al Lobo Feroz.


Siglo XX: problemático y febril.

Donde no todo es igual. Pasaron dos guerras mundiales (1914/1918 y 1939/1945) con sesenta millones de muertos en combate, sin contar huérfanos, fuerzas productivas destruidas, hambrientos, amputados en cuerpo y alma, desplazados.

Se vivió el horror de dos bombas atómicas sobre ciudades civiles desarmadas como Hiroshima y Nagasaki, arrojadas por los norteamericanos con la excusa de terminar cuanto antes la guerra. Allí, más de doscientas mil personas murieron en fracción de segundos, inmoladas por el calor. Alemania invadió Europa del Oeste y del Este, en operaciones relámpago, a sangre y fuego, produciendo desolación y muerte. Los aliados respondieron con abundante carne de cañón en Normandía, Leningrado y Estalingrado. Se bombardearon otras ciudades indefensas, como Dresden, situada en el Este de Alemania, con más de ochocientos bombarderos, provocando solamente esa noche ciento treinta y cinco mil víctimas civiles, y la destrucción inútil del ochenta por ciento de la ciudad, también al final de la guerra. Los miserables campos de concentración en todos los bandos. Las guerras de trincheras. Lanzallamas. Apenas algunas perlas de un collar siniestro.

Se vivieron varias guerras civiles tremendas, entre las que podemos destacar la guerra civil española (1936/1939), con medio millón de muertos directos, la guerra civil yugoeslava (1991-1999), y la guerra civil de Biafra (1967/1970) con más de un millón de personas muertas por violencia y desnutrición.

Se multiplicaron las guerras interestatales, como la Guerra de los Boers (1899/1902) la Guerra Ruso/Japonesa (1904/1905), con ciento veinte mil muertos; la Guerra del Chaco/Paraguayo (1932/1935), con cien mil hombres muertos; la Guerra Chino/Japonesa (1937/1945); la Guerra de Corea (1950/1953); la primera Guerra de Indochina y la Guerra de Vietnam (1951/1975), con más de dos millones ochocientos mil muertos vietnamitas; la Guerra de los Seis días (4.6.67 al 10.6.67), entre Israel y algunos países árabes, que sería el inicio de una larga e interminable escalada de muertos; la Guerra de Malvinas (1982); la Guerra de Irak/Irán (1979/1988); las dos Guerras del Golfo (1991 y 2003), que dejaron al menos más de un millón de personas muertas. Triste lista que no agota la realidad, como las luchas de descolonización y liberación nacional, en Sudáfrica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Cuba, Haití, República Dominicana, Panamá, Nigeria, Uganda, Yemen, Irlanda. O el genocidio de los armenios por los turcos a principios del siglo.

Si revisamos bien, y hacemos ejercicio de buena memoria, invariablemente, en casi todas ellas, estuvieron los ingleses y norteamericanos, promoviendo, o frenando procesos, vendiendo armas, armando estrategias de poder e influencias. En cuanto conflicto sangriento y depredador de la vida allí dejaron siempre su marca los mercaderes del odio. Tal vez nos quedemos cortos si sumamos alrededor de ciento veinte millones de seres humanos, es decir, una población de tres argentinas enteras actuales sumergidas en el fuego impiadoso de la crueldad y la suma del poder durante el siglo XX. Siglo heredero de la Revolución política francesa del Siglo XVIII, de la Revolución Industrial económica inglesa del Siglo XIX, y siglo alumbrador –enceguecedor a la vez-, de la Revolución Científico-Tecnológica norteamericana.

La globalización de los poderosos

En este marco comienza un nuevo proceso de globalización. -porque ya hubo otros, como la conquista y colonización de América por Europa, en el siglo XVI-. Se promueve en la segunda mitad del siglo XX, luego de la conformación del nuevo mapa geopolítico elaborado por los países “vencedores” de la segunda guerra mundial, donde se dibuja el mundo socialista con la Unión Soviética a la cabeza, por un lado, y el mundo capitalista, con EEUU al frente, por el otro.

Empieza, pero se estanca, porque el llamado equilibrio del terror nuclear impuesto por la Guerra Fría entre ambas potencias, impidió que se desarrollara esta nueva globalización mundial (es decir, una homogeneización), en un sentido o en el otro. Sobre la base de la Liga de las Naciones se constituye la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) en 1945 y poco después se funda el Estado de Israel, a instancias del poder de Gran Bretaña en ese organismo, que pasa a jugar un papel preponderante, nuevo, en todas las cuestiones internacionales. Este equilibrio entre los dos bloques enemigos se mantuvo hasta 1989, con la caída del Muro de Berlín, y la defección, autoaniquilación, extraña e increíblemente pacífica, de la Unión Soviética en 1991, que se entregó sin disparar un solo tiro después de haber estado casi medio siglo bajo las tremendas tensiones militares de dicha Guerra Fría.

A partir de allí los últimos diez años del siglo XX, siglo también de traiciones indelebles, marcan el desarrollo de la corriente universal en un sentido más unipolar y hegemónico, con el liderazgo de EEUU y Gran Bretaña sobre el conjunto del mundo, Alemania pacificada y Francia sobre el continente europeo, Israel sobre todo Medio Oriente, y Japón democratizada a las bombas sobre Asia. En la mirada retrospectiva de un hombre que se asoma ya a los primeros pasos del siglo XXI -después de sopesar objetivamente los sucesos de la segunda mitad del siglo XX-, no nos equivocaremos mucho si decimos que éstos son los verdaderos países vencedores de la segunda guerra mundial, erigiéndose en el poder coronado real de dicho siglo. Hemos tenido que pasar más de medio siglo, adentrarnos en el actual, para advertir esta verdad que salta con absoluta evidencia, y prácticamente no analizada en los grandes medios de comunicación y en la mayoría de los libros de historia. La URSS –hoy Rusia-, China, los llamados países del “mundo socialista” –Bulgaria, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Alemania Democrática-, la díscola Yugoeslavia, cuyos pueblos realizaron tremendos esfuerzos en vidas, y en obras, creyendo en un cambio real de política del siglo, fueron sometidos a este rumbo universal, más allá de la fuerza nacional que intentan ahora hacer valer.

La disolución de la Unión Soviética marca la ruptura de la frontera política del Siglo XX. Pero la globalización actual viene creciendo desde la década de los ochenta, rompiendo fronteras geográficas, psicológicas, espirituales, con la introducción de las modernas tecnologías de la comunicación en todos los ámbitos. Así entonces podríamos intentar una definición de globalización contemporánea diciendo que se trata de un “intercambio” nunca antes visto en la historia de la humanidad, entre todos los países del mundo, de una manera desigual e inequitativa, de bienes, servicios, culturas, ideologías, tecnologías, finanzas y personas, con una línea de dirección que va casi siempre en un sentido de vuelta, y no de ida, entre los países globalizadores y los países globalizados.

En la década de los setenta escuchábamos hablar de “imperialismo”, y se ponía el acento con ello en la dependencia económica y en la pérdida de soberanía política. Pero “globalización” ahora es mucho más que “imperialismo”: es una acción de imposición fuertemente disgregante de los vínculos nacionales a todo nivel, abarcando más que nunca el mundo espiritual de las personas, su modo de vida integral, con el más alto componente de lo que se da en llamar sin pudor “guerra mediática”. Quien posee los medios de comunicación, además de los medios de producción sociales, y el conocimiento científico que genera distintas tecnologías, ése es el que lleva adelante el proceso de “globalización”. Entender y aceptar esta definición por parte de las personas honestas que piensan desde distintas áreas servir cabalmente a su país, implica el deber de realizar una profunda revisión de varios marcos teóricos en los que nos enseñaron. Cuando todo se empieza a ver teñido del “proceso de globalización” (con cosas “pequeñas”, como por ejemplo, “ver” que nos han echado de la calle hacia el interior encerrado de nuestras casas; “ver” que nos inducen a asombrarnos de los “extraordinarios descubrimientos” de la clonación, de las mascotas-robots, del vértigo vomitivo de las llamadas “realidades virtuales”, anulando nuestra capacidad de sospecha y crítica sobre lo que se está haciendo; y si pensábamos “que ya nada nos podía sorprender”, ahora también podemos “ver” cadáveres ambulantes en exhibición), entonces se empieza a cambiar la cabeza y a valorar nuestras formas de vida.

Algunos piensan que el proceso de globalización actual tiene “aspectos positivos”, por la comunicación en sí misma, y la producción y distribución de bienes materiales. Son los ingenuos deslumbrados, los Caperucitos llamando al Lobo Feroz. Otros se convierten en “globalifóbicos” porque ese proceso les afecta sus cosechas, sus campos, o la producción de algunos bienes y servicios. Son quienes miran solamente cómo su ombligo se infecta de gusanos. Nosotros decimos que sostener, ya sea por parte de un Jefe de Estado, un político, un docente, un indígena, un militar, un sacerdote, un periodista, un economista, historiador, el proceso de “globalización” como inevitable, inherente a la marcha del estado “natural” de las cosas, es de una absoluta necedad y una estéril vagancia del pensamiento.

Marx y Sarmiento. Carnera y San Martín. Ghandi y Perón

Desde ya, no compartimos la visión liberal de una supuesta necesidad de aliarse con los países “globalizadores” para no perder los copos de nieve de su escalofriante invierno, que nos caerán sobre la cabeza, ni tampoco la visión de aquel Marx que en La Dominación Británica en la India (1853), decía que Inglaterra, “pese a su doloroso papel en Asia”, derribó necesariamente la “atrasada” adoración del pueblo hindú al “mono Hanumán y a la vaca Sabbala”, y destruyó las bases del “despotismo oriental, la superstición y la esclavitud a reglas tradicionales”, describiendo y explicando la globalización de aquel entonces casi con el mismo tono que nuestro Sarmiento lo hacía defenestrando y condenando al gaucho y al indio de nuestra tierra en Facundo, Civilización o Barbarie (1845). La India finalmente tuvo a su Ghandi (1947), y nosotros tuvimos a Perón (1945), que desmienten rotundamente el triunfo de esa visión. Sin duda, aceptar este proceso de globalización tal como fue y sigue siendo, es aceptar que los ejércitos yanquis e ingleses invadan Afganistán e Irak, para destruir aquellos estados “despóticos”, “antidemocráticos”, “feudales”, con el objeto de instituir el progreso moderno. Mezquitas por Mac Donalds. Velos por minifaldas. Antenas satelitales por escuelas coránicas. Almacenes por hipermercados. Educación por autos. Salud por electrodomésticos. Familias por televisores. Fútbol, barrilete y bolita por siniestros jueguitos de computación. Plazas por shoppings. ¿Quiénes son para dictar los mejores destinos de los pueblos? Sostener un modelo de civilización a costa de la destrucción de otras civilizaciones.

Este proceso de globalización es lo más artificial e inhumano que le puede estar ocurriendo al hombre contemporáneo. No es casual que emerja después, y en su desarrollo, de la tremenda crueldad del siglo XX. ¿O sinceramente pensamos que esa crueldad se acabó para siempre? ¿No es dable pensar que tanta crueldad y destrucción fue pensada, y actuada, para necesariamente pasar a esta etapa, como su consecuencia? Nunca escuchamos, ni leímos a fondo, que la democracia republicana fundada con la Revolución Francesa de 1789 se avergonzara profundamente de la cosecha sangrienta recogida en el siglo XX. Porque son las más grandes “democracias” del mundo las vencedoras del siglo XX. Como diría el tango Los Mareados, “tan grande fue nuestro amor y sin embargo mirá lo que quedó…” Y repetimos, por si hace falta, paradójicamente, es el siglo de las más grandes felonías, traiciones, crueldad, despotismo, control social de las libertades individuales, epidemias brutales, exterminios masivos, derroche de fuentes energéticas, contaminación de la Madre Tierra. Nunca escuchamos, ni leímos a fondo, que la causante del calentamiento global que derrite los polos y provoca cambios climáticos atroces, la depredación de las riquezas naturales, la destrucción general del ambiente, es el modelo de la Revolución Industrial Inglesa del Siglo XIX impuesto en todo el mundo, con su consecuente posición filosófica del empirismo subjetivo: “algo existe sólo cuando lo percibo”, es decir, si lo manipulo, lo invado, lo hago mío.

Cambalache bien armado. Lloran y no dejan mamar. Se hacen los giles y mienten. Siglo de inmorales. Pero aunque nos quieran meter como valor un calefón el mundo siempre tendrá su San Martín.

EL GRAN HERMANO FRATICIDA : El ojo que todo lo ve

¿Qué somos? ¿Liberales, conservadores o revolucionarios?

Los grandes medios de comunicación pretenden producir una tremenda crisis moral entre los argentinos y para la Argentina. A la voz de “ahora”, todos, con muy pocas y honrosas excepciones, parecen cumplir un papel de destrucción del fuerte tejido social de los argentinos en el orden espiritual, y de su escala tradicional de valores. Todo ello en nombre del más podrido liberalismo y un más que limitado sentido de la “libertad individual”. Se repiten, por aquí y por allá, y salen como hongos después de la lluvia, diversos e inauditos fenómenos de bajísima calaña, cuyos efectos sin duda deben ser estudiados con buen ojo semiológico. Estamos viviendo un sutil vendaval de lacras o una manifiesta basura ideológica de todo tipo, sobre la mujer, el hombre, la sexualidad, el trabajo, la educación, el papel de la iglesia y la religión, la nacionalidad, la educación, la cultura y el arte, la historia, etc. A punto la Argentina, tal vez, de cambiar en el orden material, los medios de comunicación masivos parecen estar haciendo lo imposible para que no cambie en el orden espiritual, pretendiendo mantenerla en lo mezquino, vulgar y miserable.

Desde ya, si alguien piensa que estos fenómenos comunicacionales son “revolucionarios”, propios del “progreso” de la libertad de expresión y de un “avance” en los derechos humanos, de los derechos “conquistados”, puede ir metiendo violín en bolsa a este artículo, o salirle a la polémica. Por lo mismo, si alguien piensa en echarme rápido el traje de “conservador”, que piense mejor en el término, puesto que los llamados “conservadores” casi siempre fueron de la más pura estirpe “liberal”. Hoy casi todos los “conservadores” ya devinieron en “liberales” -lo que siempre fueron en esencia-, y muchos de los llamados “revolucionarios” no pudieron devenir en “conservadores”, es decir, siguen siendo el “ala social” del liberalismo, lo que también fueron siempre. El llamado “liberalismo”, dominante en la Argentina en el orden de lo material a través de sólidas estructuras económicas, y en el orden de lo espiritual, a través de difundidas redes de comunicación sociales, hoy transforma todo lo que toca en basura, como el Dios Midas lo hacía, en cambio, en oro. Muchos de los revolucionarios creen que el cambio y el progreso lo marca la agenda de la revolución científica-tecnológica, y lo que la gente quiere o supuestamente “es” en el hoy. Pero “Revolución” en un sentido profundo significa “revolver”, “volver a” un estado original fundante. La pregunta es sencilla: ¿no serán nuestros abuelos, apegados a la familia, a los hijos, a la cultura del trabajo y la honestidad, al matrimonio ciertamente indisoluble, a la comida amasada con amor, a la autoridad del padre en el hogar, al aprecio del tango y la música popular, al contacto con la tierra y el culto de la amistad, a aceptar estoicamente las adversidades, a desechar el consumo superfluo, a mirar con recelo la extranjería, etc., etc., los verdaderos “revolucionarios”?

Ahora, periodistas, serios y no tan serios, actores y actrices, locutores, vedettes, modelos, empresarios de la noche, del juego y de las mujeres, conductores, políticos, gente común de la calle seleccionada al “azar”, líderes de movimientos sociales, travestidos, homosexuales confesos, y heretosexuales machistas, entretenedores varios, voceros de todo tipo, rockeros y melódicos, docentes, padres y madres, millones de personas, bailan el juego como títeres del Gran Hermano que todo lo controla.

Los titiriteros, ocultos arriba de las bambalinas -los ultrapoderosos dueños de esos medios-, saben del efecto de la gota de agua cayendo una tras otra sobre la fuerte duramadre del cráneo durante un largo tiempo. Imperceptible pero persistentemente se juegan a quebrarlo. Para luego, con el cerebro expuesto, obtener el control total de la conciencia social. Sus títeres generalmente ni se imaginan de qué se trata pero juegan el juego que se ha largado a la arena. Se reparte dinero, alegría, entretenimiento, información. Los titiriteros van probando de correr cada vez más la línea del límite, de lo no visto públicamente, lo insospechado (la muerte en cámara lenta, el desquicio, el coito al aire libre, la cruz invertida, lo demoníaco, comer cucarachas, echar leche por los ojos, bailar alrededor de un caño con frenesí histérico, propio de los prostíbulos norteamericanos, etc). Se detienen, estudian reacciones, y vuelven a correr la línea del límite. La sociedad enmudece, algunos se espantan por un momento, y la gran masa humana vuelve al circo como si nada hubiera pasado, alegre y divertida por el nuevo punto alcanzado. La sociedad, supuestamente trasgresora, alcanza así un “mayor grado” de libertad y expresión, se atreve a “jugar”, a “gozar”, a “ser libre”.

Rodaje pornográfico
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El sexo banalizado. Lo erótico denigrado a lo sexual, y lo sexual rebajado a lo animalesco. Todo esta permitido: utilizar cualquier lenguaje, cuanto más directo y explícito, mejor; mezclar las imágenes de lo santo con lo profano; profanar el templo de la vida, del sexo, del amor, del arte. Elevar a la categoría de arte lo feo y repugnante como una forma más de la “libertad” humana. Jolgorios, esclavitud encubierta de toda sensualidad.

Se intenta penetrar los recovecos más inmediatos de la intimidad (vestirse, dormir, defecar, bañarse) en un mundo cada vez más enajenado del contacto humano. Se busca crear la necesidad del ojo (y la escucha) electrónico para conocer la intimidad del “otro” virtual, ya que en la vida cotidiana hemos perdido hace tiempo la intimidad de nuestros vecinos reales Y descubrir que en nuestras mundanas vidas “tal vez” no seamos muy distintos a los otros, no estemos tan enajenados como nuestros sentimientos nos dicen. Me pregunto: ¿dónde reside el inmenso poder de seducción de esta programación canibalesca, que muerde hasta en los tenues sonidos de la respiración nocturna? Vivimos la intimidad enajenada de un mundo cada vez con menor intimidad. Cuanto más se pone el ojo (y la escucha) electrónico en la superficie, para acercarla a nosotros, más nos aleja de la profundidad de lo cercano. Reducción a primerísimos planos, como el rodaje pornográfico. Todo está a la vista; nada ya está a la verdadera mirada.

Nos rodea lo mafioso, donde un Señor, Presidente de un jurado de payasos, -que dictamina con palabras extranjeras sobre la necia esperanza de pobres “soñadores”-, no se merece la hermosa música de El Padrino de fondo cuando habla. Eso mafioso nos invade, entra a la intimidad de nuestras casas reales, poblada de niños, hombres y mujeres, cansados de la jornada laboral, desocupados, anhelantes, y también aquellos más vulnerables ya comidos por la carcoma. Llega hasta el momento de la sagrada comida hogareña lo violento, grotesco, avaro, o simplemente estúpido. Eso se eleva al nivel de la comunicación de las masas. La televisión, los medios gráficos y las radios, al unísono. Muchos se prenden; algunos nos quedamos pensando el destino del hombre argentino. Se esconde un papel que nadie confiesa públicamente. Todo parece inocente, divertido, una forma más del sueño loco de la vida.

Estamos nominados

El Gran Hermano, ojo de aspecto diabólico, que todo lo ve, moldeado en una matriz mundial, patentado a nivel internacional, viene a cumplir sistemática y oculta misión. Los chimpancés entran a La Casa en Africa. Las garotas por supuesto en Brasil. Y en la Argentina, entran chorros y prostitutas, por hablar sólo de una pequeña fauna. Nadie debe ser “discriminado”. La Casa debe ser el reflejo de “todas” las Casas. Todos “jugando” a ver quién queda al final de la carrera. Los directores están empeñados en mostrar una “realidad” subterránea, de lumpenaje y lupanar, “nunca” mostrada, pues la sociedad “es eso”, y debemos “aprender” a verla. Nos han hecho caer y ahora hay que mostrar a los “caídos”, deleitarse en el cómo han caído. Espejo amplificado de lo menor, elevado a lo mayor. Y eso “mayor” luego convertido en la forma dominante de la vida que vemos en el espejo electrónico. Se pretende transformar a la sociedad entera en un gran circo de violencia, mercadeo, puramente instintivo y banal.

Se “nomina” ligeramente -cuando el nominar es una de las altas cualidades de la especie humana-, como una forma de colocar al sujeto en objeto, un candidato a la “eliminación”. Nominar es eliminar. El pueblo, una masa impersonal heterogénea, decide con su “voto” electrónico si ese sujeto/objeto pasa a la prueba siguiente, si se lo quiere seguir viendo electrónicamente. O se lo debe llevar al “an-nonimato”, luego de, paradójicamente, “nominarlo”. La noche de la decisión es una atroz “gala de expulsión”, el momento que se verá si el sujeto/objeto sigue existiendo entre los incluidos o los excluidos del sistema. Gran Hermano erigido como un Dios moderno, que todo lo ve y escucha, donde no falta la falsa relación personal e íntima con Él a través de “El Confesionario”. Dios habla, nadie lo conoce, “somos” todos, y al final premiará al elegido con fama y dinero. Los motivos de Dios son incognoscibles y sus pautas de evaluación son caprichosas e impredecibles. Los sinópticos (los Cuatro Evangelios cristianos) se transformaron en los panópticos (Todos los Ojos de los pobres cristos).

Se trata de una guerra moderna, instrumentada a través de los grandes medios tecnológicos de comunicación, mediática, para lograr el control social de las poblaciones. De todas maneras no es un juego fácil, pero estamos convencidos que se trata de una acción coordinada, sistemática, planificada, de largo plazo, cuyas nefastas consecuencias ya se empiezan a ver entre los niños, en la escuela, en la calle, en los lugares de trabajo.

El control de los medios de comunicación:

Condolezza Rice, Secretaria de Estado de los Estados Unidos, vio el gran peligro de romper ese molde mundial del panóptico Gran Hermano, y entonces se puso a atacar recientemente a Hugo Chávez por poner bajo el control del Estado a un canal de televisión, quitándole su concesión por uso indebido, criminal, de una señal. Dice hablar en defensa de la libertad de prensa y expresión. La chilena Michelle Bachelet dice que está esperando el dictamen de una Corte Interamericana de Derechos Humanos para pronunciarse, cuando todavía no se revisó en su propio país el papel de los medios de comunicación durante la dictadura de Pinochet. El Parlamento brasileño se pronuncia en contra de la medida del líder venezolano, en clara injerencia en los asuntos internos de un poder del Estado sobre otro Estado. Vocifera The Human Rights. Grita Reporteros Sin Fronteras. Extraña situación. Ninguno de ellos se escandaliza sobre la sistemática destrucción de la sociedad que ejercen los grandes y poderosos medios de comunicación día a día, sembrando violencia, odio, intolerancia, pornografía, trastocando costumbres nacionales, promoviendo el golpismo antidemocrático, desinformando, desviando la atención de los verdaderos problemas.

Sin duda, los argentinos debiéramos pensar cada vez más en este punto. Si queremos seguir siendo gobernados por la dictadura de los grandes medios o comenzar a cambiar esta historia por una visión democrática, nacional, popular y plural de los mismos. ¿Será una medida como la de Chávez el camino? ¿Podremos seguir viviendo sin la protección de Gran Hermano? ¿Y dónde podremos ir a ver a la ex solanense Nazarena Vélez a bailar sus tiernas redondeces sobre un caño? ¿Y dónde ganaremos dinero si no es cortando una manzanita?.

ASI EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO (Padre Nuestro)

Suramérica es una cruz, con un Cristo de brazos abiertos, cabeza levemente inclinada hacia su derecha, y los pies apoyados como un fresco egipcio, en Tierra del Fuego. Por la vertical de esta cruz se comunican las energías del continente. Por la horizontal se trasmiten las potencias de lo marítimo, a través de los grandes Océanos. La vertical es la columna vertebral que sostiene la Patria Grande del continente. Por la horizontal -lo marítimo-, le entró siempre la maldad ajena, como el ataque a Cartagena de Indias por los ingleses, con una descomunal flota para el siglo, repelida heroicamente (1741); los fracasados desembarcos ingleses en el Río de La Plata (1806/1807); la Invasión a Malvinas (1833, 1982); la celebración costera, otra vez por los súbditos de la reina, de la independencia de la Banda Oriental del Uruguay, con la que habían maniobrado hábilmente (1825); la formación de las colonias de la ex Guyana británica (1841); el intento de cobrar la deuda externa a cañonazos, por las potencias europeas, contra Venezuela (1902); la creación de la Guyana francesa de ultramar (1946), para recordar sólo algunos de tantos sucesos. España también tuvo lo suyo, pero cualquier crimen se perdona dentro de la familia. Y nunca después del siglo XIX, que marca nuestra historia contemporánea.

El trabajo de la inteligencia anglo-norteamericana en este continente de los dos últimos siglos, y de sus aliados cipayos, instalado en los respectivos gobiernos nacionales, o en un coro diverso de sombras chinescas, estuvo destinado a impedir por todos los medios el desarrollo de los infinitos vasos comunicantes de la vertical. Sembró cizaña entre distintos pueblos (guera de la Triple Alianza entre Argentina-Uruguay-Brasil contra Paraguay, guerra Bolivia/Chile, guerra Chile/Perú, guerra Ecuador/Perú, guerra Bolivia/Paraguay). Impidió el comercio multilateral, penetrando los acuerdos nacionales (La Alianza Para el Progreso de Keneddy, el ALCA de Bush). Frenó la construcción de carreteras, puentes, oleoductos, gasoductos. Encumbró déspotas que abrieron puertas y ventanas a los barcos de descarga, sin intercambio igualitario, creando por todos lados “ciudades-puertos marítimos”, o cercanos a ellos (Buenos Aires, Lima, Caracas, Río de Janeiro), cabezas de la araña que yuguló nuestra sangre, desde adentro del país, hacia fuera, o absorbió veneno de afuera hacia adentro. Saquearon sistemáticamente al continente y, luego, nos hicieron aceptar que no habría “desarrollo” sin la inversión del dinero previamente saqueado, por ende, un gravoso endeudamiento.

Los “generales mediaticos” tienen quien les escriba. Hegel y Bush. La globalización

El Mar siempre fue origen de conflictos con potencias extranjeras. Malinches traidoras, que señalaron el camino a la soldadesca de las naves, o “cajas bobas” que hoy trasmiten las órdenes de “generales mediáticos” (Cristina Fernández, Plaza de Mayo), golpistas, disfrazados de “periodismo independiente”, pero que son verdaderas mafias organizadas, destinadas a romper la paz social, tampoco faltaron, ni faltan. A lo largo de los siglos, cambiaron los escenarios; permanecen los mismos intereses contrapuestos sin resolver. Nación e Imperio. Oligarquía y pueblo.

La oligarquía agroganadera argentina de fines del siglo XIX –como hoy las golpistas entidades rurales que ejercen terrorismo, desabasteciendo ciudades, y a caballo de esos “generales mediáticos”-, soñaba el viaje tremesino a París y al resto del mundo, alfombra de entrada a la prestigiosa Europa, partiendo en barco desde la “culta” Buenos Aires, y poniendo sus “sueños” de país en lo que había más allá, porque esta tierra no podía desarrollar prosperidad sin lo extranjero. En el Mar estuvo y está el poder global inglés, y después del desastre definitivo de la flota española en Trafalgar (1805), quedó como pleno espacio de piratas. Nunca en la historia hubo una isla tan pequeña como Gran Bretaña que llegó a dominar todos los mares del mundo.

El mar baña todas las costas de nuestro continente, y contribuyó a succionar sus riquezas naturales para abastecer a la Revolución Industrial Inglesa expandida al orbe (cueros, carnes, minerales, tanino, maderas, lanas, etcétera). Creó al mismo tiempo la ilusión de un inexorable e inevitable curso de la historia, que no es auténticamente el nuestro; apenas la historia de la expoliación. No es casual que el actual conflicto con el área rural vuelva por el lado de las exportaciones, de lo marítimo, que trae a su vez el desprecio por lo terrestre, el consumo interno de bienes de la tierra a precios accesibles para el pueblo.

Por el Mar hemos pensado los contextos históricos europeos; por el continente debemos pensar la unidad de los pueblos. El Mar, al contrario de lo que dice Hegel, provoca nuestras separaciones (En las épocas modernas…-expresa el gran filósofo alemán, inspirador del pequeño y pseudo filósofo norteamericano Francis Fukujama, a su vez protegido de la dinastía Bush-, nos hemos acostumbrado a considerar al agua como elemento que separa. Frente a esto –continúa- hay que afirmar que no hay nada que una tanto como el agua. Los países civilizados no son más que comarcas regadas por una corriente de agua. El agua es lo que une. Las montañas separan. (Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, Capítulo II de la Introd. Especial, G.W.F.Hegel, escrito en 1837). Los “globalizadores” comenzaban a dar letra al implacable capitalismo triunfante, y lo marino era el medio que necesitaban para abalanzarse sobre sus presas. Esto quedó marcado a fuego desde el Siglo XIX, y su amenaza sigue proyectándose como una sombra negra sobre la necesaria unidad continental Suramericana. Unidad que no pasa por una combinación de lindas palabras, al estilo de uno de sus promotores, el ex presidente argentino Ernesto Duhalde (me refiero a la llamada “Confederación Sudamericana de Naciones”, una fraudulenta concepción de aquellos que están armando un gobierno supranacional único, sin la indestructible unión material y espiritual de sus pueblos).

Por la concepción marítima, por ejemplo, se quiere construir un corredor bioceánico, que una Brasil con Chile. En realidad, se trata de un corredor yugular como las nervaduras de una hoja, que desembocan siempre en puertos oceánicos extremos, a favor de las potencias marítimas. Por la concepción continental, se debe pensar la reactivación de la ruta nacional 40, y la ruta trasandina, hasta el golfo de Maracaibo en Venezuela, u otras, recorriendo su columna vertebral; la construcción del oleoducto Venezuela-Perú-Bolivia-Brasil-Argentina, la llamada “ecuación energética”, pero también la alianza política-militar-económica-social y cultural de los pueblos. Por la concepción marítima, la FIFA sostiene que no se puede jugar al fútbol internacional en las alturas de La Paz, Bolivia; por la concepción continental, lo contrario. Por la concepción marítima se pensó la introducción del ALCA en el continente; por la concepción continental se piensa en el MERCOSUR y otros pactos regionales, con bienes, servicios, cultura y solidaridad, transportados sobre todo por tierra, entre fronteras.

El vómito verde. Exorcismo de los pastizales chacareros.

Nos han hecho creer que sin el Mar no podemos existir, que todo viene del Mar y hacia él todo va, como el fundamento universal de la vida del continente. Nada más falso. La verdad es que gran parte del universo europeo existió gracias a las riquezas proporcionadas por este continente. Sin la flota marina, una diplomacia astuta y artera, y el alambique de las finanzas acumuladas del saqueo mundial, la monarquía inglesa es polvo, y no se hubiera llevado las palmas de la conquista de América –primero-, y las revoluciones independentistas –después-.

Nuestra vieja oligarquía agroganadera decimonónica, todavía con muchos campos improductivos, hoy transformada -por conveniencia de la época-, en financista, industrial, o productora de bienes camperos (carnes, lácteos, cereales, oleaginosas, ejemplares de raza), informal y negrera, evasora y antidemocrática, también productora de “humo” de pastizales y de información, bien sabe que por lo marítimo (el comercio internacional), acumularon fortunas, despreciando la dirección hacia el consumo interno, y hoy se resisten a la visión continental integradora. ¿O es que esa vieja “oligarquía” se suicidó, desapareció, autoliquidándose? porque, que se sepa, ¡nadie la desbarató en doscientos años de historia argentina! Ahora la acompaña, lamentablemente, cierto progresismo berreta que se fue junto con el helicóptero de De la Rua (Luis D’Elía). Y el vómito verde de gran parte del periodismo concentrado -que hasta una Linda Blair, espantada, se tiraría por la ventana antes que lo haga el padre Merrin-. Mientras el humo de falso incienso, el desabastecimiento, y el embotamiento de imágenes y palabras, buscan “exorcizar”, atontar, al pueblo, a la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, sólo producen tos, irritación a los ojos, y rechazo ideológico. Las “retenciones móviles”, impuestas hoy a la exportación de granos, es un instrumento válido, nivelador, para distribuir la renta extraordinaria generada por el precio de los mismos. También aquí se juega la visión marítima o la visión continental.

Parábolas de lo marino. Necesidad de lo continental

Los trenes del siglo XIX y comienzos del XX -ese invento inglés-, con sus vagones de carga, y miles de kilómetros de líneas férreas desplegadas desde las “ciudades portuarias”, fueron construidos de Este a Oeste, con visión marítima, nunca de Norte a Sur, con visión continental, integradora de regiones y pueblos, como nos lo recordó Scalabrini Ortiz. En la década de los setenta, cien años después, cuando Martínez de Hoz y los militares entreguistas al poder internacional financiero, nos quisieron volver a forzar como colonia agrícola ganadera exportadora, sin perspectiva industrial propia, aquellos grandes trenes de carga, y los ramales ciudadanos, ya nacionalizados, desaparecieron, en beneficio de los camiones privados, y ómnibus de larga distancia, dejando a los pueblos aislados más que nunca, dentro de esa red de araña mencionada. El “Mar” volvía a jugar su siniestra partida contra la “Tierra” continental, valiéndose de otros actores, y otros medios. Antes que la exportación marítima de materias primas y recursos debe estar la integración, el intercambio, a todo nivel, de pueblos y regiones. Para ello es necesaria una visión continental, no marítima.

¿Qué nos falta?: casi nada. ¿Qué tenemos?: casi todo. Nuestros verdaderos amigos extra continentales debieran ser aquellos que proyectan influencia al mundo sobre la base de su propio espacio nacional, no de apoderarse del espacio de los otros. La clave de la interpretación de los posibles amigos es preguntarse, sencillamente: ¿fueron o son países colonialistas?, ¿tuvieron o tienen flotas dominantes? Aquí, por los frutos dados por cada historia nacional, bien vale decir que conoceréis el árbol, sano o envenenado.

La oligarquía decimonónica trajo a muchos de nuestros abuelos y padres allende el Mar. Para exportar nuestros recursos naturales, y algunas manufacturas, había que “importar” mano de obra. Pensaban que un ser trasplantado sería fácilmente asimilable a sus propios intereses. Deseaban reemplazar indios y gauchos díscolos, “indisciplinados” para el trabajo industrial, por trabajadores “europeos”. Tal vez les sirvió, en cierto modo, por un tiempo. Sin embargo, los hijos y nietos de aquellos primeros, hoy, se han asimilado en realidad a raíces bien argentinas, y con los movimientos de masas del siglo XX, produjeron, en sentido contrario, el inicio real de nuestra Historia nacional, cuya metáfora, tantas veces aludida y bastardeada es, sin duda telúrica, continental. La oligarquía anheló lo que había más allá del Mar, una entelequia de trabajadores de otro país, europeos, con “más” experiencia industrial, pero vinieron los hombres y mujeres que al mezclarse con lo autóctono del paisaje, la tierra, y la sangre, fundaron la realidad de otra Nación. Se absorbió lo supuestamente marino, pero se hizo tierra otra vez, produciendo un fantástico corte de manga. Les pasó a los peruanos con los japoneses, y a los brasileños con los africanos.

Otras parábolas marineras, absurdas y delatoras, que ilustran la ambición de lo marítimo sobre lo continental, tampoco faltan: por ejemplo, la de aquel irlandés, apodado Fitzcarraldo (1857), empresario del caucho, que cuando advirtió que no había manera de invertir tanto dinero ganado con la exportación, navegó uno de los afluentes del Amazonia, en Perú, y se le ocurrió hacerlo en un nuevo “centro” del mundo -en medio de los indios jíbaros-: la construcción de una ópera donde cantara Caruso, cruzando, en epopeya estéril, estúpida y relamida, un enorme barco, con esclavos y materiales, a través de la montaña.

Los ingleses y franceses, abriéndose paso ante la enconada resistencia de la Vuelta de Obligado (1845), cuando reclamaban navegar el río Paraná y el río Paraguay, es otro patético argumento de cómo Europa trató de introducir sus cuñas con las banderas del librecambio. Los portugueses, otro tanto, queriendo recolonizar Carmen de Patagones (1825), entrando el Río Negro, a fuerza de velas y espadas. Charles Darwin, subiendo a las montañas del Tupungato, Mendoza (1835), con el propósito de establecer una colección científica de conchillas marinas, después de desembarcar en Chile, para probar, ciertamente, que donde hay montañas “antes” hubo el mar, el principio universal de todo lo inglés. La invasión del Imperio del Brasil, con armas inglesas, a través del Río Uruguay, contra la heroica Paysandú, en Uruguay (1865). En fin, varias perlas hundidas en la memoria de los arrecifes de coral.

También, me acuerdo que de chico visité la vieja Fragata Sarmiento, hoy anclada en Puerto Madero, y me impactó que la mayoría de las fotografías de sus antiguos marinos, que cuelgan bajo cubierta, tuvieran apellidos… ingleses. ¿Cómo es eso?, me pregunto ahora. Consecuentemente, entonces, nuestra Marina de Guerra ni siquiera entró en combate por Malvinas: se retiró a puerto, “asustada” (defeccionada) por el hundimiento del Crucero General Belgrano, cuando desde un principio, dentro de un plan racional y bien concebido de recuperación de este territorio nacional insular, ya tendría que haber estado colocado, desde mucho antes del inicio de operaciones bélicas, en el “área de exclusión”, custodiando las Islas. Mentalidad colonizada por la potencia marítima, que impide que el músculo se mueva acorde con lo que se necesita.

Suramérica tiene que construir, integrar, y cuidar, su propio espacio. Tiene una determinada geografía. Es el continente de los alimentos, de todas las fuentes energéticas, del agua pura, y de todos los climas. Su posición es absolutamente privilegiada en relación a otros continentes. El mundo está demandante de todas estas riquezas, pero también están detrás las potencias marítimas que intentarán nuevamente el saqueo para su propio beneficio, e impedir su integración. Las probables fuerzas de choque son muy grandes como para mezquinar el esfuerzo de hermandad. Sus aliados siguen en puestos de gobierno, en todos lados, para ejercer el más alto deshonor de un hombre: la traición al continente, a su Nación, a sus pueblos, a sus recursos (a la Madre Tierra). Vengan de donde vinieren, porque a veces del más impensado surge el sentimiento de Patria Grande y, del más cercano, supuesto amigo, surge el beso de Judas. Gran tarea patriótica: demudar al disfrazado, y a quienes lo disfrazan. A veces, en el fragor de las luchas políticas, los contendientes, son ambos disfrazados, para atraernos a una batalla inútil, o son ambos hermanos, distraídos o perdidos de la causa común, con eminente peligro de ser devorados por “los de ajuera”.