Los Concretos y los Abstractos
No vamos a confundir un milímetro la defensa irrenunciable de los derechos humanos, desde los pañuelos blancos a las más vibrantes posturas y acciones del actual gobierno en esta dirección. Ni tampoco dejar de repudiar el fragmentario y descerebrado discurso de Susana Giménez, Tinelli o Sandro (“acábenla con los derechos humanos y esas estupideces”). Pero es momento que el campo nacional y popular se pregunte e indague profundamente por qué una parte importante de la población, incluso las clases más desposeídas y otros sectores (sobre todo urbanos), no llegan a asumir plenamente estas banderas y se enrolan, por el contrario, a menudo, en una defensa de las dictaduras y sus represores, o de políticos, a los que identifican con “orden”, “limpieza”, “seguridad” e, increíblemente, “progreso”.
El Derecho “natural” a la seguridad. Perritos en el laberinto
Proclamada poco después de la Revolución Francesa (1789), arrancamos con “La declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, primer documento en este sentido, que consagró el triunfo del individualismo burgués. La Declaración definía los derechos naturales del hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de pensamiento, de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada al ciudadano por el Estado en los ámbitos legislativo, judicial y fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión. Se alzó allí definitivamente la clase que destronó la monarquía e instauró la llamada “República Democrática”, que cayó en fases de desórdenes y restauraciones.
Es en “ese” concepto de individuo burgués, natural, libre, igual y seguro donde debemos cocinar la salsa de nuestra explicación y poder extraer, con la ayuda de algunos hechos de la Historia, alguna luz a los arrebatos de la rubia que, desde el shock de su juventud a los perritos en el laberinto de su pronta vejez, entretiene y perturba a millones de televidentes desde hace más de cuarenta años. ¿Quién es el individuo?: en los papeles, todo ciudadano; en la práctica, el ciudadano burgués, nunca la plebe. ¿Quién es el hombre libre?: en los papeles, todo ser pensante, racional; en la práctica, quien detente el nuevo poder económico y desarrolle el camino que, en el mismo siglo, ya había comenzado a marcar la Revolución Industrial Inglesa (desde 1750). Es decir, si pensamos fundar los Derechos Humanos en esa tradición estamos fritos, en un callejón sin salida. Porque han demostrado su absoluta impracticabilidad. Susana Giménez nos está diciendo, en una inconciente operación de tenazas que, con un brazo, esos Derechos Humanos así proclamados son una “estupidez” y, con el otro brazo, que el pueblo efectivamente “sabe” que son una estupidez: irrefutable, desde el sentido común, tan común a millones de argentinos atenazados. Contrastable, desde la teoría para lo cual, también se sabe, hay que hacer algún discurso nada expeditivo.
Los ingleses en Francia. Los franceses en el Río de La Plata. Los porteños y la argentinidad. La “seguridad” de Buenos Aires
De alguna manera, la Revolución Francesa, bien analizada, es la Revolución Inglesa en Francia y un acto de “traición” a toda la Europa monárquica de aquel entonces (incluida la invasión a España, cuyo debilitamiento facilita las diversas independencias en el continente suramericano; la Argentina, en 1810 y 1816). Napoleón Bonaparte (1804 hasta 1815), entronizado posteriormente emperador francés, se abrirá paso con los nuevos cañones del liberalismo económico y del “individuo libre” y, cuando su ambición, y posibilidades de poder, se hubo concluido o agotado, Inglaterra, que lo dejó actuar -y lo dirigió a sus enemigos históricos continentales-, le agradecerá los servicios prestados, derrotándolo en Waterloo. Cuando entran en el Río de La Plata estas ideas de la Revolución Francesa, y algunas sustentan la propia Revolución de Mayo de 1810 (el naturalismo de Rosseau, el jacobinismo en Mariano Moreno, el productivismo fisiocrático de Belgrano), y otras sostienen directamente la contrarrevolución contra el país autóctono (el liberalismo de Rivadavia, el unitarismo centralista, el iluminismo de la Generación del 37), ya está armado el caldo para el futuro de la Argentina, entre lo que llamaremos –y permítasenos el título- los concretos y los abstractos en el terreno de los Derechos Humanos: entre quienes sostendrán la banderas del movimiento social sobre la base del desarrollo de las condiciones reales materiales y espirituales de vida, y quienes la sostendrán desde el formulismo y los papeles, muchas veces de espaldas al pueblo real. Finalmente, nuestra Constitución Nacional de 1853 establece los Derechos llamados de Primera Generación (fundamentalmente económicos: de propiedad privada, de libertad de comercio, de derechos aduaneros, de libre navegación, de asociarse y ejercer la industria, inviolabilidad de domicilio y de correspondencia, de conciencia, etcétera.). Es decir, los derechos de ese individuo natural burgués, libre, igual y seguro. El afianzamiento de los poderosos de Buenos Aires sobre el resto del país.
Concretos contra Abstractos.
Lo que está diciendo Susana Giménez, expresión perversa de cierto imaginario colectivo, instalado como tema único por encima de otros más que acuciantes, es: “déjense de joder con las abstracciones”, “yo estoy con el pueblo”, “hay que hacer algo”, “hay que acabar de una vez con la inseguridad”. El individuo burgués naturalmente rico, de Buenos Aires, debe de sentirse seguro por derecho adquirido y “ancestral”. A los pobres, que no pertenecen a ese universo natural burgués, y que ahora ya no participa de la diversión farandulera de los 90, “metralla”, “pena de muerte”. Lo peor, y más escabroso de resolver, es que los pobres y honrados, al avalar este discurso, se disparan un tiro en el pie, creyendo que el tiro saldrá en cambio al medio de los ojos del violento y corrupto que los somete. Porque en la sociedad natural de los “iguales y libres”, que instauró la Revolución Francesa, no puede ser de otra manera que el tiro demandado no salga por la culata.
Lo que no quiere decir la famosa diva, importadora ilegal de autos para discapacitados, es que ella misma se convierte en la Reina Abstracta de un Reino Napoleónico Abstracto (televisivo), que habla para un País Abstracto, aunque produce efectos concretos y nocivos. Es la Josefina de un Napoleón en campaña que, mientras él se batía en varias guerras, ella desplumaba colchones con varios cortesanos del poder. Y, lamentablemente, lo que no se interpreta y se traduce desde el campo popular es que muchas veces sus palabras se leen abajo, bien abajo, como el deseo de una Democracia Concreta para un Pueblo Concreto. Y en un tremendo juego de enceguecimiento de la verdad dicen “basta de discusiones, termínenla”, y lo dicen justamente ellos, quienes nos vienen cocinando desde hace más de doscientos años con el tema de la “seguridad” y los “derechos humanos”; es decir, Buenos Aires, sus poderosos, y los terratenientes provinciales que se instalaron a partir de la horda pro napoleónica de Sarmiento y Mitre, encarnándose en adalides de defensa de lo popular. Lo fantástico es que un sector importante del campo popular pide a los lobos que cuiden nuestra seguridad, a nosotros, las ovejas. ¿No lo vemos? Algo esencial y de fondo está, a nuestro entender, fallando en la sustentación teórica y práctica de la defensa de los verdaderos Derechos Humanos.
Los malos y los buenos. ¿“Libre elección” en el Derecho del Niño y a la Vida?
Entre otras discusiones sobre los concretos y los abstractos podemos mencionar los Derechos del Niño. Todos ellos son bellas expresiones, si no se antepusiera el Derecho al Trabajo Digno de los padres y el derecho a tener una familia en condiciones dignas de vida. También, el más complejo y polémico Derecho a la Vida, que es concreto y absoluto, no relativo, basado en la protección de la especie: está arraigado en lo más hondo del más desposeído, y no se le puede anteponer otras consideraciones culturales nacidas al calor de la posmodernidad, por flagrantes y dolorosas que fueran, pero siempre posteriores a ese propio Derecho. Caído o difuminado el Derecho a la Vida por argucias cientificistas, caen todos los demás derechos y vuelve por la ventana el individualismo burgués que se pretende echar por la puerta: para unos, los buenos, la vida; para otros, los malos, de quien a veces también deriva la vida, la muerte. Queda en el Hombre y en su poder instrumental la posibilidad de “elegir”. Como una falacia estrictamente instalada, es “natural” el Derecho a la Propiedad Privada y a la “seguridad” individual, pero no es “natural” el Derecho a la Vida desde la concepción, a la más “sagrada”, si se quiere, propiedad del Hombre. Como tampoco es “natural” el derecho de los pueblos indígenas a vivir de su sagrada Pachamama, de acuerdo con sus tradiciones ancestrales.
A la Vida -si bien esto excede el marco pretendido de este artículo-, no se le puede anteponer el derecho a la “libre” elección de la voluntad. El ser humano es Uno, unidad de Cuerpo y Mente; el racionalismo francés lo pretendió separar. De lo contrario, la Mente –supuestamente superior- se levanta sobre el Cuerpo –supuestamente inferior-, lo instrumentaliza y decide por él. “El que mata tiene que morir” es un arma de múltiples filos para una sociedad que está tan acostumbrada a matar. Cuidado con ello, si bien ya se menciona en el Antiguo Testamento, precristiano: El que a hierro mata, a hierro muere. De esto debiéramos tomar atenta nota y hacer puntos sólidos de contacto con el auténtico cristianismo que es, ni más ni menos, el encuentro con inmensas masas populares sedientas de justicia, verdad e igualdad social, y amor al prójimo, alejadas de los espejitos teóricos de los “revolucionarios” franceses (ingleses), que instalaron “lo natural” para despojarnos de toda “naturaleza” humana.
La “evolución” de los Derechos. Otra vez los Concretos y los Abstractos
En el segundo tercio del siglo XIX, quienes se “creyeron” herederos de las virtudes revolucionarias, “populares”, antimonárquicas, cientificistas, iluministas y antieclesiásticas de la Revolución Francesa (bien dicho, la Revolución Inglesa en Francia) adhirieron, con diversos matices, a ideas socialistas y obreras, porque pensaban que lo que la burguesía había hecho con la monarquía al destronarla, ahora ellos lo harían, llegada su hora, con la burguesía y, como en una síntesis dialéctica, los Derechos del Hombre chachareados por aquella, deshojados en el papel y pisoteados en la realidad, pasarían a tomar un contenido concreto y efectivo en un Estado “obrero y socialista”, que realizaría al Hombre plenamente, a la clase obrera y campesina.
Acaeció la Revolución bolchevique de 1917 que tumbó al viejo zarismo ruso, y las dos grandes Guerras Mundiales del siglo XX, impulsadas por el mundo capitalista. Advinieron las diversas guerras civiles y otras guerras menores entre naciones. Se mostró la absoluta vacuidad de “esos” Derechos Humanos, regados en los millones de tumbas que dejó ese espantoso siglo XX. Fue el siglo de la falsedad de la “consagración” de “ese” individuo burgués como lo supuesto mejor del ser humano: se lo contrastó como ambicioso, avaro, egoísta, rapiñero, usurero, depredador y básicamente criminal de individuos, de personas. Y, también, el fracaso práctico del individuo “socialista”, abnegado, solidario y altruista, sacrificado en el altar de la industrialización y del desarrollo de las “fuerzas productivas opuestas al capitalismo”. Los postulados iluministas de igualdad, fraternidad y libertad se convirtieron rápidamente en desigualdad social, criminalidad entre seres humanos y nuevas formas de esclavitud, con carácter universal, en todo el orbe capitalista. Y fue también el siglo XX la marca patente de la escasa hondura de “su” libertad (la del “hombre”), sometida en realidad a los Estados industrialistas y transmarítimos, al poder económico y a sus planes de hegemonía (de clases o de Estados, o de ambos).
Sobrevino, entonces, otra Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), dictada por la comunidad internacional surgida en el marco de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), después de la IIº Guerra Mundial, y de un mundo que ya se bipolarizaba (capitalismo/socialismo) bajo el mandato guardián de los EE.UU. y de la Unión Soviética. Fue el inicio de la “globalización” de los Derechos Humanos. Papel tras papel, sin cumplimiento efectivo y absoluto en ninguna parte del mundo, menos aun en el mundo capitalista, con sus permanentes desgarros de desempleo, discriminación, violencia impune y miserias. En 1949, la Nación Argentina se daba a sí misma una Constitución Nacional ejemplar, que consagraba los Derechos del Trabajador, de la Familia, de la Ancianidad -completamente alejada del formalismo y las abstracciones de aquella Declaración Universal de la ONU, prácticamente contemporánea a esta-, borrada por Decreto con el golpe sedicioso de 1955. Obviamente, las clases más desposeídas de la Argentina, y la clase media que se formó y consolidó durante el primer peronismo, estaba lejos de asimilar aquellos formulismos y abstracciones de esa Declaración de Derechos Humanos asociada, además, a los triunfadores de una Guerra que nosotros no habíamos librado, y algunos de los cuales fueron y seguían siendo por razones concretas de dominio imperial sus enemigos históricos (Inglaterra, EE.UU. y Francia). Esa Constitución Nacional de 1949, que no pudo ser borrada de la conciencia popular, estableció los llamados Derechos de Segunda Generación (sociales: condiciones dignas y equitativas del trabajo, de la familia, de la ancianidad, la seguridad social, la educación, la salud, etcétera.). Retornaban los concretos contra los abstractos defensores de principios universales.
En 1972, el presidente Richard Nixon mueve las fichas del Imperio y se juega la coexistencia pacífica con la inmensa China de Mao Tse Tung. Objetivo: contener el poderío alcanzado por la Unión Soviética en la época de Leonid Breznev. Y, en 1975, a través del vicepresidente en ejercicio, Gerald Ford, le impone a la URSS la firma del Acta de Helsinki, en la que esta acepta ratificar los Derechos Humanos, entendidos solamente como derechos a la libertad de expresión e información, a cambio de delimitar fronteras definitivas en Europa; que, luego, y en realidad, a partir de la fratricida Guerra de los Balcanes, Yugoslavia -1991-1995-, azuzada y alimentada con armas y propaganda por el imperio anglonorteamericano, mostró su verdadera carga de mentiras, sedienta de sangre y destrucción, y de desprecio a las fronteras nacionales que, decían iban a respetar. Estas libertades de “expresión e información” serían la cabeza de playa para alimentar la disidencia interna en los países de la órbita soviética, y sostener a los grandes grupos-medios de las tecnologías de la comunicación que ya se organizaban, y que llevarían, al mismo tiempo, todo su bagaje ideológico y político de la visión del mundo liberal para destruir, o licuar, como sucedió, a “ese” socialismo o a cualquier “tiranía” reinante supuestamente antidemocrática, nacionalista o populista en el mundo. Nacen como grupos de control de estas políticas estratégicas imperiales, bajo el manto de Declaraciones y Principios impolutos en la defensa de “todos los hombres” del planeta: “The Human Rights”, “Amnesty Internacional” o “Periodistas sin Fronteras”.
Para esa época, en nuestro país, con el predominio social demócrata del radicalismo y el liberalismo menemista, se dicta la Reforma Constitucional de 1994, que establece los nuevos Derechos llamados de Tercera Generación (del ciudadano: preservación del medio ambiente, de las minorías, usuarios y consumidores y, sobre todo, el libre acceso a la información, etcétera.); e incorpora, a la Constitución Nacional varios pactos internacionales. Retornaban los abstractos universales, enfrascados en el marco de la “sociedad abierta” universal del inglés Karl Popper, contra los concretos. En ese entonces, los profesores universitarios alfonsinistas, y no sólo, decían que ya no era importante quién detentaba los medios de producción (los medios del poder económico), sino quién poseía la información y el conocimiento. Dilución del poder real, licuación de la posibilidad del cumplimiento efectivo de los derechos que se quieren consagrar. Entonces: “¡déjense de joder con esos derechos humanos”!
El lado oscuro de los Derechos Humanos son todos aquellos derechos instituidos en el papel, abstractos, que sirvieron en distintas épocas para obnubilar las verdaderas necesidades de los hombres (amor, paz, hogar, trabajo, sana alegría, cultura, educación, salud, solidaridad, familia, seguridad …) y que, incumplidas e insatisfechas, se vuelven contra sí mismos, tratando de arrasar todos los derechos concretos. Separar la paja del trigo debe ser una gran tarea del legislador. Pero también está en la acción colectiva de los pueblos llevar a la representación jurídica lo que debe ser de cumplimiento efectivo, sin dejarse engañar por las abstracciones liberales que la adormecen con la canción de cuna de bellas y sutiles palabras. Al pan, pan; y al vino, vino.
viernes, 5 de junio de 2009
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